El problema se nota en lo más básico: quién cuida al niño cuando el aula no funciona con normalidad, quién pide días libres, quién llega tarde al trabajo o quién puede permitirse una excedencia. Muchas familias aseguran que los servicios mínimos no bastan para sostener la rutina y que la falta de una salida clara prolonga la incertidumbre semana tras semana.
Este miércoles, una quincena de padres y madres acudió a la sede de la Consejería de Educación para pedir una reunión con la consejera Mercedes Zarzalejo. Fueron con camisetas amarillas y algunos niños, pero no lograron ser recibidos. Tras esperar en la puerta, denuncian que salieron sin respuesta oficial y con la sensación de que el conflicto sigue sin interlocución real.
La movilización familiar se articula a través de la Coordinadora de Familias y AFAs del 0-3, que agrupa a más de 400 familias y 75 asociaciones. El colectivo ha apoyado públicamente a las educadoras, ha recaudado fondos, ha recogido firmas y ha organizado apoyo logístico para quienes sostienen los servicios mínimos.
Las demandas de las familias coinciden en buena parte con las de las trabajadoras: salarios dignos, ratios más bajas, mejores condiciones en los centros y reconocimiento real de la etapa 0-3 como parte esencial del sistema educativo. Las educadoras llevan años denunciando sueldos cercanos al salario mínimo, sobrecarga y diferencias entre modelos de gestión.
A esa lista, las familias añaden una petición propia: ampliar la red pública de escuelas infantiles. Sostienen que la demanda supera con mucho la oferta disponible y que el problema no puede resolverse solo con parches o servicios mínimos. Reclaman una mesa de diálogo con la Comunidad de Madrid, el Ministerio de Educación, la patronal y las familias para evitar que el conflicto se alargue hasta el próximo curso.
La Consejería convocó a las educadoras a una reunión el 21 de mayo, después de seis semanas de huelga, pero el malestar no se ha cerrado. Las trabajadoras consideran que las negociaciones siguen lejos de resolver cuestiones de fondo, mientras las familias temen que la tensión acabe normalizándose y que los niños sean quienes paguen el bloqueo.
La huelga deja al descubierto algo que muchas casas ya sabían: la educación infantil de 0 a 3 no es un servicio secundario. Permite trabajar, ordenar horarios, sostener barrios y acompañar una etapa decisiva para los niños. Cuando falla, Madrid no se detiene de golpe, pero se desajusta por dentro: cambian turnos, se cancelan planes, se tensan empleos y cada familia empieza a improvisar como puede.