El cuadro, que partía de 340.000 euros, quedó desierto en la casa Ansorena. La falta de pujas sorprende por el peso del artista y por la relevancia de la obra dentro de su producción religiosa.
Pintado entre 1665 y 1669, el lienzo formó parte del altar mayor del Convento de Capuchinos de Sevilla. Su función original y su tamaño lo sitúan como una de las representaciones más ambiciosas del tema dentro de la obra de Murillo.
Un estudio reciente ha reforzado su valor histórico al confirmar su ubicación original en el templo. Este tipo de atribuciones suele aumentar el interés en el mercado, aunque en este caso no ha sido suficiente para cerrar la venta.
La obra cuenta con permiso de exportación, lo que facilita su posible salida de España si aparece un comprador fuera. Este factor puede acelerar su entrada en circuitos internacionales donde la demanda es distinta.
Para Madrid, este tipo de subastas marca el pulso del mercado artístico y su capacidad para retener patrimonio relevante. Que una pieza así no encuentre comprador local refleja cómo están cambiando las dinámicas del coleccionismo y anticipa movimientos fuera del país.