Las obras están previstas para verano de 2028 y tendrán una duración aproximada de 18 meses, por lo que el equipamiento permanecerá cerrado hasta principios de 2030 si se cumplen los plazos. Durante ese periodo, la Generalitat estudia trasladar temporalmente la actividad cultural a otros espacios de Barcelona o incluso a formatos itinerantes por el territorio.
El proceso aún no está cerrado. Seis equipos se han presentado a la licitación para redactar el proyecto básico, el proyecto ejecutivo y asumir la dirección de las obras. A partir de ahora se abre un plazo de unos nueve meses para elegir la propuesta ganadora e iniciar los trámites de adjudicación.
La reforma no busca solo embellecer el edificio. El Palau Robert necesita resolver carencias importantes en accesibilidad, ventilación, climatización, electricidad y seguridad, además de obtener la licencia de actividad que requiere la normativa actual. Entre las actuaciones previstas figuran baños adaptados, mejoras en evacuación, actualización de instalaciones y adecuación de la estructura al fuego.
Una vez reabierto, el edificio recuperará su uso como espacio museístico y de exposiciones, pero con una ambición más clara: convertirse en lugar de encuentro para que la ciudadanía reflexione sobre cuestiones vinculadas a la vida cotidiana, la cultura y los grandes cambios sociales. La Generalitat quiere que el Palau Robert sea algo más que una sala informativa en una ubicación privilegiada.
El edificio, catalogado como Bien Cultural de Interés Local, ocupa uno de los puntos más visibles de Barcelona, en el cruce de Passeig de Gràcia con la Diagonal. Su historia lo convierte en una pieza singular dentro del paisaje del Eixample: fue impulsado a finales del siglo XIX por Robert Robert Surís y, a diferencia de otros edificios burgueses de la zona, apostó por un lenguaje más neoclásico que modernista.
Para Barcelona, la reforma llega en un momento en que muchos equipamientos culturales están repensando su papel. No basta con tener un edificio bonito en una avenida central: hace falta que invite a entrar, que sea accesible y que dialogue con lo que preocupa a la ciudad. Si la renovación cumple lo prometido, el Palau Robert puede dejar de ser solo una parada elegante en Passeig de Gràcia y convertirse en un espacio más vivo, útil y reconocible para barceloneses y visitantes.