En Alasita, una casa cabe en la palma de la mano y se compra para que algún día crezca. La miniatura se paga con dinero real, se consagra y se lleva a casa: el deseo empieza a tomar forma.
Ese gesto resume el ayni, una palabra quechua y aimara traducida a menudo como «reciprocidad», aunque se queda corta. No es devolver un favor y cerrar cuentas: es una relación que sigue abierta, en la que se da, se recibe y se vuelve a dar. También une a las personas con la tierra, con quienes vivieron antes y con lo sagrado.
El vínculo aparece en cuatro celebraciones de la comunidad boliviana recogidas por un fotoreportaje de Revista Vecïns: Alasita, la k’oa, Wiñay Pacha —Tots Sants— y Tata Maica. La revista fotográfica independiente y autogestionada dedica su segundo número a la identidad y la cultura de las comunidades migrantes. Su campaña de micromecenazgo en Verkami está abierta hasta el 29 de noviembre.
La música también necesita dos respiraciones
En tres de las cuatro fiestas, la autora siguió a Pukaj Wayra, una banda de música tradicional. En Bolivia, la música y la danza acompañan las celebraciones; Pukaj Wayra toca sikuri, música de viento que suena sobre todo con flautas de caña. Bajo ese nombre conviven tradiciones regionales como los kantus de Charazani, el jach’a sikuri y las jach’a lakitas d’Ilabaya.
A cada encuentro llegan músicos bolivianos que viven en Alemania, Francia, Italia o Suiza. Algunos llevan más de treinta y cuatro años fuera de su país y siguen ligados a sus tradiciones.
El siku se reparte en dos filas complementarias, ira y arka, con las notas alternadas. Cada grupo toca una de ellas; la melodía aparece cuando se enlazan ambas respiraciones. El ayni, convertido en sonido.
Alasita y la abundancia en miniatura
La gran Fira de l’Alasita empieza en La Paz cada 24 de enero a mediodía. En Barcelona, la comunidad boliviana la celebra alrededor de esa fecha en las Cotxeres de Sants. Entre el olor a incienso y fritura, las mesas despliegan billetes del tamaño de un sello, pisos que caben en una mano y pequeños coches. También hay títulos universitarios, pasaportes y sacos diminutos de arroz.
El nombre se relaciona con el verbo aimara alasitha, «comprar», aunque muchas personas prefieren traducirlo como «cómprame». La miniatura es una illa: no representa simplemente lo que se desea, sino que lo contiene en potencia, como una semilla. Se guarda la casita para que crezca una casa.
En el centro está el Ekeko, un hombrecillo bigotudo con gorro de lana y cargado de sacos, panes, billetes y ollas. Se le vincula con la abundancia y la fertilidad. Quien lo tiene en casa lo trata como a un rey y le enciende cada día un cigarrillo para tenerlo contento.
Una mujer contó en la fiesta que el Ekeko le había dado todo lo que pidió, incluida la casa y el coche. Cuando dejó de cuidarlo, según su relato, lo perdió todo. La abundancia también exige atención.
De vez en cuando se abre un pasillo y aparecen los yatiris, cuyo nombre se vincula al aimara yatiña, «saber». Consagran las miniaturas con alcohol y humo de incienso; quienes participan levantan casas y coches por encima de la cabeza para que les llegue el humo.
La k’oa alimenta a la Pachamama
En buena parte de los Andes se dice que en agosto la Pachamama abre la boca. Termina la estación seca y se prepara la siembra: la tierra tiene hambre. Antes de pedirle algo, hay que alimentarla y pedir permiso para sembrar. La celebración retratada tuvo lugar en 2025 en l’Hospitalet de Llobregat; en Bolivia, la ofrenda puede prepararse en un cerro, un patio, una casa o un negocio.
La k’oa, también llamada q’oa, es primero una planta aromática del altiplano que se quema para sahumar y que da nombre a la ceremonia. Sobre el suelo se prepara una mesa con hierbas, resinas y lanas de colores. Se añaden hojas de coca, grasa de llama, fruta y dulces.
Las pequeñas figuras de azúcar representan aquello que se agradece o se pide: salud, trabajo, protección y prosperidad. Al encender el fuego, el humo envuelve a quienes esperan alrededor. Suenan los sikus; algunas agrupaciones habían viajado desde otras ciudades europeas solo para tocar juntas.
Altares para quienes regresan y promesas al Tata
En Bolivia, Tots Sants empieza el 1 de noviembre a mediodía. La tradición dice que entonces llegan los ajayus, las «animetas» de quienes han muerto, y se quedan hasta el mediodía del día siguiente. La familia dispone de veinticuatro horas para atender a esa visita, que viene de un viaje muy largo.
En Barcelona, la autora acompañó dos encuentros: uno en Casa Paqarina y otro en el restaurante Cochabambino. Allí sonaron los pinkillos, flautas que en el altiplano acompañan la llegada de las almas. Para recibirlas se levanta un altar: en aimara, apxata, «lo superpuesto», relacionado con añadir y dar en reciprocidad; en quechua, mast’aku, por el paño donde se ordenan las ofrendas.
Muchas mesas tienen tres niveles que representan los mundos andinos: el de arriba, el que habitamos y el de abajo. Sobre ellas se colocan la foto de la persona fallecida y sus platos o bebidas preferidos. También hay flores, fruta y hojas de coca. Las cañas de azúcar sirven de bastón para el alma cansada; las cebollas florecidas guardan agua para el viaje, mientras que la retama amarilla impide el paso a aquello que no debe entrar.
El pan ocupa un lugar destacado y se interpreta antes de comerlo. Hay escaleras para moverse entre los mundos y caballitos para llevar el equipaje. Las t’anta wawas, panes con forma de criatura envuelta y una carita de yeso pintada, pueden representar a quien se ha ido. En Casa Paqarina se organizó un taller para aprender a prepararlas.
La dimensión internacional de estas redes también se reconoce en otro encuentro multicultural celebrado en Barcelona, que reunió a personas de 120 países.
Cada 6 de octubre, miles de personas hacen cola en La Calera, una comunidad de Yotala situada a unos treinta kilómetros de Sucre, para llegar a los pies del Señor de Maica. Es un Cristo crucificado de madera y estuco, con la bandera boliviana cruzada sobre el pecho y un pollerín, una falda que se cambia cada año. Casi nadie lo llama Señor: le dicen Tata, «padre» en quechua y aimara.
Una leyenda cuenta que sus antiguos fieles de Potosí lo descuidaron y una riada lo arrastró hasta dejarlo encallado junto al río, en la hacienda de Maica. La fiesta está reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado Plurinacional de Bolivia.
En Sitges, la celebración reunió a bolivianos llegados de distintos puntos de España. En La Calera ocurre el viaje inverso: cada octubre, los danzarines de Tarabuco esperan a sus paisanos que vuelven de Argentina, Chile, Brasil o España para bailar en honor del Tata.
En la danza aparecen el diablo y el ángel, viejos adversarios de la diablada, junto a los leones y una castración fingida que hizo reír al público. Son figuras de los thanta morenos, una danza de Chuquisaca cuyo nombre ya apunta al tono burlón: thanta significa en quechua «viejo», «gastado» o «andrajoso». La propuesta mezcla música, danza y teatro.
También se cocina mondongo, carne de cerdo estofada con ají colorado y servida con mote —maíz blanco pelado— y patata, la comida de los días grandes en Sucre. Los coches se adornan con aguayos, plata, peluches e imágenes. La plata muestra la abundancia ante el santo para que siga llegando: aquello que en enero se compró en miniatura en Alasita aparece en octubre a tamaño real, cubierto de aguayos.
El reportaje agradece la colaboración de Casa Paqarina, Restaurant Cochabambino, Comunitat Pukaj Wayra Barcelona, Warmis Sisarinas y todas las personas que abrieron la puerta a la cámara. La serie completa forma parte de Revista Vecïns 02.