Una panadería de Barcelona aguantó 70 años y la ha matado un papel
El Forn Bertran sobrevivió a casi todo lo que puede pasarle a un negocio en 70 años: crisis, cadenas de pan congelado, pandemia, Amazon. Lo que no ha sobrevivido es un expediente administrativo.

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La panadería del paseo de Sant Joan, abierta como horno desde 1957, lleva trece meses con la persiana bajada. No por falta de clientes, ni de masa madre, ni de relevo: por un papel que no llega.
Qué papel, exactamente
La cadena de acontecimientos es de manual kafkiano. En septiembre de 2025 murió el último panadero que regentaba el horno. Con él no murió el negocio, pero sí la firma: sin el titular, la familia propietaria del local no puede cerrar el traspaso, y sin regularizar la titularidad no hay licencia de actividad que transferir al siguiente panadero.

El calendario del expediente lo cuenta todo:
- Febrero de 2026: la familia presenta la primera solicitud.
- 12 de mayo: reclaman respuesta.
- 3 de julio: un técnico municipal les comunica que el caso pasa al departamento jurídico.
- 4 de julio: vuelven a empezar con una nueva solicitud.
Mientras tanto, el local genera gastos de mantenimiento cada mes y cero ingresos. Hay interesados en quedarse el horno y seguir haciendo pan, pero ninguno firma sin la garantía de que la licencia llegará.
Traducción: la licencia de actividad es el permiso que dice qué se puede hacer en un local. Sin titular vivo que firme el traspaso, el permiso queda huérfano, y regularizarlo depende de los plazos de la administración. El negocio está técnicamente vivo y jurídicamente congelado.
Los buitres ya han llamado
Donde la administración ve un expediente, los fondos de inversión ven un local en el paseo de Sant Joan. Roger Martí, de la familia propietaria, lo cuenta sin suavizarlo:
"¿Venderlo a los dos buitres que ya nos han venido a hacer una propuesta?", se pregunta Martí.
La familia no quería vender: cuando murió el panadero, los hijos convencieron al padre de conservar el negocio y buscar a alguien que lo continuara. Pero la espera tiene un reloj económico que no corre igual para todos. "Si se vendiera a una gran empresa, podrían permitirse tener esto cerrado los meses que fuera necesario, pero nosotros no", resume Martí.
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Su aviso tiene fecha: si el expediente no se desbloquea antes de fin de año, venderán. Y el destino probable del local, admite, sería un supermercado o una cafetería más.
Por qué esta historia no es solo de una panadería
El mecanismo que está matando al Forn Bertran es el mismo que vacía los bajos históricos de media España: el comercio pequeño no suele morir de un golpe, muere de un compás de espera. Una jubilación sin relevo firmado, una licencia antigua que no se puede heredar, un trámite que tarda más de lo que aguanta la caja.
La paradoja final es la más amarga: la normativa que pide licencias de actividad existe para ordenar qué negocios ocupan la ciudad, y en este caso su lentitud está a punto de decidir que donde había pan artesano haya otra franquicia. Nadie lo ha elegido; simplemente, nadie ha firmado a tiempo.
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