Patatas al horno con ajo, romero y queso: ligeras, sabrosas y un auténtico descubrimiento
Las patatas al horno suelen fallar por uno de dos extremos: o salen doradas por fuera y duras por dentro, o tiernas y pálidas como si hubieran pasado por la olla. Esta receta resuelve las dos cosas en la misma bandeja, y lo hace con un chorrito de agua y un trozo de papel de aluminio.

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Además gasta muy poco aceite, apenas una pulverización, y esa es la razón de que el titular hable de ligereza. Con un kilo de patatas y 60 gramos de queso curado salen cuatro raciones de unas 270 kcal cada una.
Los ingredientes
Para cuatro raciones:
- 1 kg de patatas, con piel y bien lavadas.
- 60 g de queso curado rallado fino: un manchego o un parmesano funcionan muy bien.
- 3 dientes de ajo (unos 10 g).
- 2 ramitas de romero fresco, o romero seco al gusto.
- 100 ml de agua.
- Sal, pimienta negra y aceite de oliva en espray.
Con la sal conviene ir con mano medida: una cucharadita rasa para el kilo es un buen punto de partida, porque el queso curado ya aporta la suya. Siempre se puede añadir un poco más en la mesa, y una vez horneada no hay forma de quitarla.

El método
- Corta las patatas en gajos de tamaño parecido y déjalas 20 minutos en agua fría.
- Aclara y sécalas a conciencia con un paño limpio.
- Mézclalas en un bol con la sal, la pimienta, el ajo picado y la mitad del romero, pulveriza con aceite y remueve bien.
- Repártelas en una bandeja con papel de horno, en una sola capa y con separación entre gajos.
- Añade los 100 ml de agua, tapa bien con papel de aluminio y hornea a 200 °C durante 15 minutos.
- Destapa y deja otros 20 minutos.
- Dales la vuelta, espolvorea el queso y el resto del romero, y hornea 10-15 minutos más, hasta que estén doradas.
Cada paso tiene su porqué. El remojo retira el almidón de la superficie, que es lo que hace que las patatas se peguen entre sí y se doren de forma irregular. Y el secado posterior importa tanto como el remojo: una patata mojada se cuece al vapor en lugar de tostarse.
El cuarto de hora tapado es el secreto de la textura: el agua se convierte en vapor bajo el aluminio y cuece el interior de la patata, y la fase destapada se dedica solo a dorar por fuera.
El ajo también sale ganando con esa primera fase: protegido bajo el aluminio, se ablanda en lugar de quemarse, y cuando llega el calor directo ya está integrado en los gajos.
Detalles que marcan la diferencia
La separación entre gajos tiene la misma lógica que la sartén poco llena: si las patatas se tocan, se dan vapor unas a otras y se quedan blandas. Si no caben en una sola capa, mejor usar dos bandejas.
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El queso entra al final por una razón práctica: si se pusiera desde el principio, se quemaría mucho antes de que la patata estuviera hecha. En los últimos minutos tiene el tiempo justo para fundirse y formar una costra crujiente.
Se sirven como guarnición de carne o pescado, o solas con una salsa de yogur con hierbas para mojar. Las que sobren recuperan la textura en unos minutos de horno o de freidora de aire. El microondas, en cambio, las deja blandas.
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