No acaricies al perro hasta que tenga las cuatro patas en el suelo: la regla de los adiestradores para cuando llegas a casa
Abres la puerta y empieza el número: saltos, vueltas, lametones, un cuerpo de veinte kilos intentando subírsete por la pierna. Llevas diez segundos en casa y ya has repartido más caricias que en toda la tarde. Todo el mundo lo interpreta como amor. Los adiestradores lo interpretan como otra cosa.

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El adiestrador canino Víctor Mareño lo resume sin rodeos: saludar al perro nada más entrar es "la semilla de la mala educación". Y el problema de fondo, dice, es que confundimos la excitación con la felicidad.

Qué estás premiando sin querer
Ese recibimiento no nace de la alegría, sino de la tensión acumulada durante las horas que el animal ha pasado solo. Cuando entras y respondes al espectáculo con caricias y voz aguda, le estás diciendo que ese estado nervioso es el correcto y que funciona: cuanto más se descontrola, antes llega el premio.
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Repetido dos veces al día durante años, el mensaje cuaja. El perro no aprende a esperar ni a autorregularse, y el nivel de ansiedad de base sube. De ahí a los cuadros de estrés por separación hay menos distancia de la que parece.
Traducción práctica: no estás saludando a tu perro, estás premiando el momento de mayor descontrol de su día. Y el momento premiado es el que se repite.
El protocolo, sin dramas
- Entra como si el perro no existiera. Deja las llaves, quítate el abrigo, ve a lavarte las manos.
- Nada de mirarlo, hablarle ni apartarlo con las manos: cualquiera de las tres cosas es atención.
- Espera a que se calme. Los primeros días pueden ser tres o cuatro minutos; con la rutina asentada, bastan unos segundos.
- Cuando tenga las cuatro patas en el suelo, pídele que se siente y ahí sí: caricia, voz tranquila y premio.
La clave está en el orden, no en la frialdad. El saludo no se elimina, se aplaza hasta que el perro esté en un estado en el que pueda disfrutarlo de verdad.
Ojo a la parte que nadie cuenta: esto no va de querer menos al animal. Va de que la calma también se entrena, y de que el único que puede entrenarla eres tú.
El mismo criterio vale para la salida, que es la mitad del problema que nadie mira: despedirse con un ritual largo y voz de pena convierte el portazo en un acontecimiento. Coger las llaves y salir sin ceremonia le quita hierro al momento y baja el nivel de tensión de todas las horas siguientes.
No es un asunto menor de etiqueta doméstica. Mareño cita el caso de un bulldog en Madrid que sufrió un infarto durante uno de estos recibimientos eufóricos: en razas braquicéfalas, con la vía respiratoria comprometida de serie, el subidón de la puerta tiene un coste físico real.
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