Los nacidos entre 1945 y 1965 tienen una ventaja única que sus hijos no tienen, según la psicología
Hay una habilidad que los nacidos entre 1945 y 1965 tienen bastante más rodada que sus hijos, y no se aprende en ningún curso ni en ninguna aplicación de meditación: aguantar sin saber qué va a pasar mañana.

Contenido del artículo
La psicología lo llama tolerancia a la incertidumbre, y en esa generación viene de serie por el mismo motivo por el que nadie querría repetir el entrenamiento: crecieron entre la posguerra, la escasez y la reconstrucción.
De dónde sale la ventaja
Ese contexto, señalan los especialistas, "obligó a muchas personas a aprender desde muy pequeñas a convivir con la frustración". No se trataba de gestionar la ansiedad con técnicas, sino de que no había alternativa: los recursos eran los que eran y el futuro no estaba escrito en ningún plan.

De ahí salen tres cosas que hoy se estudian con nombre propio:
- Resiliencia adaptativa: capacidad de seguir funcionando cuando las condiciones empeoran.
- Tolerancia a la incertidumbre: aguantar el no saber sin que el cuerpo se descomponga.
- Regulación emocional: distinguir qué problema merece atención y cuál no.
Traducción: no es que sean más fuertes. Es que tienen mucho más entrenada la parte de decidir qué merece un disgusto, que es exactamente donde se atasca la generación siguiente.
Lo que dice la teoría
El marco más citado es el de Laura Carstensen, de la Universidad de Stanford, y su teoría de la selectividad socioemocional: cuando las personas perciben el tiempo como limitado o las circunstancias como inciertas, reorganizan sus prioridades de forma natural hacia lo que tiene sentido y hacia las relaciones cercanas.
Te puede interesar: Un multimillonario catalán defiende a los jóvenes que no quieren ir al campo, y la culpa se la echa a otros
Eso explica bastante bien un comportamiento muy reconocible en muchas casas españolas: menos acumulación material, más peso en la familia y en los vínculos próximos, y una paciencia con los contratiempos que desconcierta a los hijos, criados en un mundo donde casi todo se resuelve el mismo día.
El precio que también pagaron
Conviene no romantizar. La misma adaptación que les dio esa ventaja tuvo un coste emocional que todavía se nota en muchas casas: normalizaron el sufrimiento, aprendieron a no expresar lo que sentían y, en bastantes casos, desarrollaron dificultad para identificar sus propias emociones.
Ojo al matiz, que es importante: esto describe una tendencia de grupo, no un diagnóstico. Hay gente de esa generación que lo pasa fatal con la incertidumbre y gente de treinta años que la lleva de maravilla.
Lo que sí funciona, si te toca de cerca, es aprovechar lo que saben hacer: preguntarles cómo salieron de un momento malo suele dar respuestas más concretas y más útiles que cualquier manual de autoayuda.
Y en sentido contrario, la parte que les cuesta — poner nombre a lo que sienten — se destraba mejor con preguntas concretas que con la genérica de "¿cómo estás?", a la que esa generación responde "bien" por defecto desde hace sesenta años.
Anteriormente escribimos: ¿Quieres trabajar en Mercadona? Solo hay una forma de entrar, lo dice la propia empresa: ni teléfono ni correo