El secreto de una neurocientífica para salvar hasta el peor día es de lo más sencillo: no hay que gastar ni un euro
Hay días que se tuercen desde el café. Un correo que no debía llegar, una discusión, una tarea que no sale. Ante eso, Nuria Martín Muyo no abre el chocolate ni el móvil: se calza y sale por la puerta.

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Martín Muyo, ingeniera de formación especializada en neurociencia aplicada al bienestar y autora de La trampa de la emoción (Destino, 2026), lo explica con una frase que se entiende a la primera:
"Cuando tengo un mal día me voy a andar. Porque andando el cerebro funciona mucho mejor que sentado", asegura la divulgadora.
El truco no cuesta nada, no necesita equipo y se puede aplicar en el descanso del trabajo. Y lo mejor es que funciona incluso cuando uno no tiene ninguna gana de moverse.
Lo que pasa en la cabeza cuando caminas
La ciencia le da la razón con números. En 2014, los investigadores de la Universidad de Stanford Marily Oppezzo y Daniel Schwartz pusieron a prueba a 176 personas en cuatro experimentos, y el resultado fue contundente: caminando, la producción de ideas creativas fue de media un 60 % mayor que sentados.

El estudio dejó tres detalles muy prácticos:
- Vale cualquier caminata. Incluso andar en una cinta mirando a una pared blanca duplicó las respuestas creativas.
- El efecto dura. Quienes se sentaron justo después de caminar seguían rindiendo por encima de los que no se habían movido.
- Funciona para generar ideas, para buscar salidas y ver un problema desde otro ángulo, que es justo lo que hace falta en un mal día.
Dicho de otro modo, el paseo cambia el cerebro con el que se mira el problema, y ese cambio se nota en pocos minutos.
Por qué al aire libre funciona todavía mejor
Un mal día tiene un mecanismo muy concreto: la rumiación, esa tendencia a darle vueltas una y otra vez a lo que ha salido mal. Otro equipo de Stanford, liderado por Gregory Bratman, comprobó en 2015 que un paseo de 90 minutos por un entorno natural reducía esa rumiación y la actividad de una zona del cerebro asociada a ella, algo que no ocurría con el mismo paseo junto a una avenida con tráfico.
El cerebro no necesita un gimnasio ni una aplicación para cambiar de estado. Le basta con que el cuerpo se ponga en movimiento y los ojos tengan algo distinto que mirar.
En una ciudad, eso se traduce en buscar el parque, la ribera del río o la calle con árboles antes que la avenida con atascos. Y si el día es de los que no dejan salir, unos minutos andando por el pasillo o subiendo y bajando escaleras ya mueven la aguja.
Cómo convertirlo en hábito
Lo más difícil de este truco es acordarse de usarlo justo cuando menos apetece. Funciona mejor si se decide de antemano: el paseo es la respuesta automática al mal día, igual que otros recurren al azúcar.
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Diez o quince minutos bastan para notar el cambio, sin auriculares si se puede, para dejar que la cabeza trabaje sola. Las llamadas que se pueden hacer andando, se hacen andando. Y el problema que no tenía solución a las once de la mañana suele verse bastante más pequeño al volver a casa.
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