La corte llegó a Madrid en 1561 por decisión de Felipe II, un cambio que marcó el rumbo de la villa. Ese momento abre el recorrido de 'Madrid en el Siglo de Oro'.
La muestra se organiza en tres secciones y un epílogo. Sus 70 piezas incluyen objetos, documentos, pinturas, maquetas y monedas, y trazan la transformación de Madrid en una ciudad desde la que se gestionaba un imperio. La villa crecía como centro de consumo y de negocios, mientras ofrecía nuevas oportunidades.
La selección reúne un busto de Felipe II atribuido a Pompeo Leoni, retratos de los Austrias y monedas de la época. También hay cinturones de amuletos con protecciones religiosas y paganas para los niños, además de un retrato de Jakob Fugger realizado por Durero en 1520. Fugger pertenecía a la acaudalada familia conocida como los Fúcares. Un relicario muestra la relación entre lujo, fe y monarquía; una Tarasca del siglo XVII recuerda el lugar de lo pagano en la procesión del Corpus Christi. El artilugio representaba el mal y abría el cortejo.
El relato se sitúa en un periodo marcado por el poder de los Austrias y los territorios ultramarinos. La vida pública celebraba los triunfos de la monarquía. También formaban parte del calendario las fiestas religiosas y las visitas ilustres. La exposición se vincula a la declaración del Siglo de Oro como Bien de Interés Cultural Inmaterial, cuyo legado sigue presente en la literatura, la gastronomía y las festividades.
El recorrido puede visitarse gratis en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando hasta el 2 de diciembre. Abre de martes a sábado entre las 10.00 y las 19.00 h, y los domingos de 10.00 a 15.00 h.
La mirada a otras etapas de la historia madrileña también ha pasado por el MARPA con la muestra sobre la historia visigoda, que reunió más de 700 piezas de 83 yacimientos e incorporó la recreación de una iglesia a tamaño real.
El concepto 'Siglo de Oro' también forma parte de la exposición. Bernardo de Balbuena lo acuñó por primera vez en 1604. Era un joven manchego y estudiaba en la Universidad de México. El epílogo sigue la huella de la producción artística y literaria en generaciones posteriores, en especial en la del 27.