Son 626.924 personas nacidas fuera de España dentro de una ciudad de 1,73 millones de habitantes. Hace apenas una década, en 2016, representaban el 22,5%. Al mismo tiempo, quienes nacieron en otras comunidades españolas, protagonistas de las grandes migraciones del siglo XX hacia Catalunya, suponen ahora el 12,4% de la población barcelonesa.
El cambio obliga a actualizar un debate que no es nuevo. La expresión «un sol poble» se extendió a finales de los años sesenta alrededor de figuras como Josep Benet y fue asumida después por corrientes políticas muy diferentes. La idea era sencilla: evitar que origen y lengua dividieran Catalunya en comunidades separadas y considerar catalán a quien viviera y trabajara en el país.
La inmigración de hoy tiene otra composición. Entre los residentes nacidos en el extranjero, más de la mitad proceden del continente americano; les siguen europeos, asiáticos y africanos. Por nacionalidad, los colectivos más numerosos en Barcelona son actualmente el italiano, colombiano, pakistaní, chino, peruano y francés.
La diversidad también se refleja en las lenguas. La última Encuesta de Usos Lingüísticos disponible para Barcelona señala que el 26,9% de los mayores de 15 años utiliza exclusivamente el catalán como lengua habitual y el 24,8% lo identifica como su única lengua propia. El 77,7% afirma saber hablar catalán y el 91,9% lo entiende.
Estos datos no permiten concluir que Barcelona esté dividida en dos comunidades. De hecho, la realidad es mucho menos binaria: numerosos residentes utilizan más de una lengua, combinan identidades y conviven en hogares de nacionalidades distintas. En 2026, el 14,4% de los domicilios barceloneses reúne a personas de nacionalidad española y extranjera bajo el mismo techo.
Lo que sí ha cambiado es el peso político del debate sobre inmigración e identidad. En el último Barómetro de Barcelona, la inmigración apareció como problema para el 7,5% de los entrevistados. Está lejos de la vivienda y la inseguridad, que preocupan al 31% y al 26%, respectivamente, pero ha ganado visibilidad dentro de la conversación municipal.
También ha irrumpido Aliança Catalana en las encuestas de la ciudad. El último barómetro le atribuye un 3,3% de intención directa de voto, por debajo del 5% necesario para obtener representación municipal y ligeramente menos que en el sondeo anterior, cuando marcaba un 3,9%. A escala catalana, en cambio, el último CEO proyectaba un crecimiento mucho mayor: entre 23 y 25 escaños en unas hipotéticas elecciones al Parlament.
Por eso es difícil afirmar que la vieja idea de «un sol poble» haya desaparecido o que Barcelona esté entrando inevitablemente en una fractura identitaria. Los datos describen algo más concreto: una ciudad que ha cambiado de población a enorme velocidad y que debe integrar una diversidad mucho mayor que la que afrontó Catalunya durante las migraciones interiores del siglo pasado.
El reto actual ya no consiste únicamente en integrar a personas procedentes de Andalucía, Extremadura, Galicia o Castilla, como ocurrió durante buena parte del siglo XX. Barcelona recibe hoy residentes de prácticamente todo el mundo. La pregunta que permanece es la misma que dio sentido a «un sol poble»: cómo construir una identidad compartida sin exigir a todos el mismo origen, lengua o trayectoria.