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Los de los 60 y 70 aguantan lo que nadie: la psicología explica por qué

Tu madre se encogía de hombros cuando te caías de la bici. Resulta que estaba haciendo ciencia.

Volvían solos a casa con la llave colgada del cuello. Y mira ahora.
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La generación que se crió sola (y le salió bien)

Piensa en un niño de 1972. Sale de casa por la mañana, vuelve cuando se enciende el alumbrado, negocia las reglas del partido sin un adulto mediando, se cura los rasguños con saliva y aburrimiento. Nadie le pregunta cómo se siente. Nadie le monitoriza. Y ese niño, cincuenta años después, es la persona a la que llamas cuando todo se viene abajo.

No es nostalgia: es un patrón que la investigación lleva tiempo observando. Estudios como la revisión sobre resiliencia en niños y jóvenes o el análisis de crianza parental y resiliencia apuntan a lo mismo: la capacidad de adaptación se forja cuando una persona se enfrenta a desafíos reales, gana autonomía y aprende a resolver problemas desde pequeña. Justo el menú diario de cualquier infancia de los 60 y 70.

No fue una fortaleza inculcada a propósito. Fue una respuesta necesaria a un entorno donde la salud emocional apenas existía como concepto.

El contexto: madres trabajando, divorcios subiendo, nadie en casa

Las décadas del 60 y 70 tuvieron un cóctel muy concreto: las mujeres se incorporaban masivamente al mercado laboral, las opciones de cuidado infantil eran escasas y las tasas de divorcio subían. El resultado fue una generación entera con una cantidad inusual de tiempo sin supervisión.

Lo interesante es lo que pasó con ese tiempo. Los estudios longitudinales de Berkeley y Oakland, analizados por el sociólogo Glen H. Elder, mostraron que asumir responsabilidades desde muy pronto —en familias razonablemente estables— alimentaba la autonomía, el sentido de competencia y la resiliencia adulta. En hogares muy conflictivos el efecto era el contrario, así que no es magia: es contexto.

La psicóloga Ileana Mateo lo resume con una frase que a más de uno le va a sonar: esta generación aprendió «a callar, adaptarse o resistir antes que a expresar». Con sus luces y sus sombras, pero con un músculo de aguante que hoy escasea.

Sin pantallas, sin supervisión, sin manual: la infancia que fabricó adultos a prueba de todo.

«Inoculación al estrés»: el nombre técnico de tu infancia

Hay un concepto cognitivo-conductual que describe exactamente lo que ocurrió: la inoculación al estrés. Consiste en exponer a alguien a dosis controladas de dificultad para que desarrolle defensas. Los niños de los 70 no fueron a ninguna terapia para eso; simplemente:

  • Volvían solos a casa
  • Resolvían broncas sin árbitro
  • Gestionaban el aburrimiento sin pantalla
  • Asumían tareas domésticas antes de saber hacer una división

Cada uno de esos pequeños retos entrenó dos habilidades que hoy valen oro: tolerancia a la frustración y autorregulación emocional.

El «no» era una palabra completa. No venía con explicación, ni con alternativa, ni con negociación.

Y ahora, el contraste

El modelo actual va justo en la otra dirección: entornos controlados, adultos que intervienen rápido para evitar cualquier malestar. La intención es buena, pero varios expertos observan un efecto secundario incómodo: jóvenes con más dificultades para encajar un «no», aceptar figuras de autoridad o convivir con la frustración.

No hace falta romantizar los 70 (tenían sus cosas, como cualquier década con cortinas naranjas) para reconocer que aquella crianza a base de exigencia y libertad fabricó una generación que aguanta lo que nadie. Y que, encima, no lo cuenta.