El Ayuntamiento de Barcelona y otros municipios han disparado los pedidos tras el fin de las restricciones de agua. El resultado es un cuello de botella en viveros que no pueden cubrir la demanda, sobre todo en especies concretas y ejemplares de gran tamaño.
El problema no es solo de cantidad, sino de tiempo. Los árboles más buscados requieren años de crecimiento y no se pueden producir de un día para otro. Esto obliga a cambiar planes, optar por especies alternativas o plantar ejemplares más pequeños.
Además, la presión no viene solo de Barcelona. Otras ciudades, incluso fuera de España, buscan especies más resistentes al calor y la sequía. Esta tendencia, ligada al cambio climático, ha disparado la competencia por los mismos tipos de árboles.
El efecto ya se nota en el paisaje urbano. Calles con menos sombra, plazas más expuestas al calor y zonas que tardarán años en recuperar su aspecto habitual. La reposición no es inmediata y condiciona la experiencia diaria de quienes viven y se mueven por la ciudad.
Barcelona se enfrenta así a un reto que va más allá de plantar árboles. La planificación, la disponibilidad y la adaptación climática marcan el futuro del verde urbano. Cómo se gestione este proceso definirá en gran parte la calidad de vida en los próximos años.