Entre mayo y julio existe alrededor de un 40% de probabilidad de que se active este episodio climático. Aunque su impacto principal se concentra en zonas tropicales, los expertos señalan efectos indirectos en el sur de Europa: temperaturas más altas de lo habitual, noches tropicales más frecuentes y un mar Mediterráneo especialmente cálido.
Ese exceso de calor acumulado en el agua puede tener consecuencias más adelante. Si coincide con la entrada de aire frío en otoño, aumentaría el riesgo de lluvias intensas y episodios más extremos. Es un patrón que ya se ha observado en otros años, pero cuya intensidad sigue siendo difícil de prever.
Por ahora, los modelos meteorológicos no permiten confirmar cómo evolucionará la situación. La incertidumbre es alta y las previsiones se irán ajustando a medida que avance el verano. Los expertos insisten en que habrá que esperar a finales de la temporada estival para entender el alcance real del fenómeno.
El Niño, que se repite cada pocos años, es una alteración natural del clima global provocada por el calentamiento del Pacífico ecuatorial. Sus efectos se propagan por todo el planeta y pueden cambiar patrones de temperatura y precipitación a miles de kilómetros.
Más allá de la previsión, el posible impacto ya plantea un escenario que afecta directamente a la ciudad: veranos más exigentes, consumo energético al alza y un otoño potencialmente más inestable. El clima deja de ser un telón de fondo para convertirse en un factor que condiciona cómo se vive, se trabaja y se planifica el día a día en Barcelona.