La exposición, presentada por la Universitat Politècnica de Catalunya, pone el foco en la relación entre planificación y realidad territorial. No habla solo de ideas dibujadas por arquitectos y urbanistas, sino de cómo esos planes acabaron afectando a calles, barrios, infraestructuras, vivienda, movilidad y formas de vida.
El recorrido analiza diez grandes planes que han marcado la evolución de Barcelona, desde el proyecto de reforma y ensanche de Ildefons Cerdà de 1859 hasta el actual Plan Director Urbanístico Metropolitano. Entre medio aparecen otras piezas clave que ayudan a entender por qué la ciudad creció como creció, dónde se concentró la industria, cómo se conectó con el territorio y qué papel jugaron los límites entre Barcelona y los municipios vecinos.
La muestra utiliza mapas, planos, fotografías de archivo y actuales, documentos de prensa, vídeos y películas. Ese material permite seguir los cambios en la teoría urbana y en las formas de intervenir sobre la ciudad: del ensanche al área metropolitana, de las grandes vías al litoral, de la planificación sobre papel a los retos actuales de vivienda, movilidad y clima.
Uno de los puntos más interesantes es que la exposición llega cuando se cumplen 50 años del Plan General Metropolitano. Ese aniversario no funciona como simple recuerdo técnico: sirve para plantear una pregunta muy actual sobre la utilidad del planeamiento en una ciudad que sigue debatiendo cómo crecer, dónde construir vivienda, cómo reducir desigualdades y cómo conectar mejor sus barrios.
La iniciativa forma parte del contexto de Barcelona Capital Mundial de la Arquitectura 2026, una programación que quiere acercar arquitectura, urbanismo y paisaje al gran público. El Museu Marítim se suma así a una conversación urbana más amplia, en la que la ciudad no se explica solo desde los edificios emblemáticos, sino también desde las decisiones que han ordenado su expansión.
La elección de las Drassanes Reials tiene sentido. El Museu Marítim ocupa uno de los grandes edificios históricos de Barcelona y está situado en un punto donde la ciudad medieval, el puerto, la Rambla y el frente marítimo se cruzan. Ver allí una exposición sobre metrópoli permite entender que Barcelona no se transformó de golpe, sino por capas: planes, obras, conflictos, oportunidades y decisiones que todavía condicionan el día a día.
La muestra importa porque convierte el urbanismo en algo menos abstracto. Un plan no es solo una línea sobre un mapa: puede decidir cuánto tarda alguien en llegar al trabajo, si un barrio queda aislado, dónde aparecen nuevas viviendas o qué espacios públicos gana una ciudad. En un momento en que Barcelona discute su futuro metropolitano, mirar esos 150 años ayuda a entender que la ciudad que habitamos no es casualidad. Y que la próxima tampoco lo será.