La pieza fue creada en 1968 por Miró junto al ceramista Josep Llorens Artigas, una colaboración clave en la trayectoria pública del artista. El encargo llegó con motivo de la inauguración de la nueva terminal y desde entonces el mural forma parte de la imagen de llegada a Barcelona para generaciones de pasajeros.
Sus dimensiones explican parte de su impacto. La obra ocupa unos 500 metros cuadrados, está formada por 4.865 azulejos esmaltados y pesa alrededor de 35 toneladas. Vista desde lejos, funciona casi como una señal luminosa en la fachada; de cerca, deja ver el trabajo cerámico y la fuerza cromática tan asociada al universo de Miró.
La declaración patrimonial no cambia la rutina del aeropuerto, pero sí modifica la forma de entender el edificio. El mural deja de ser solo una imagen familiar para quienes pasan por El Prat y queda reconocido oficialmente como parte del patrimonio cultural que Barcelona proyecta al exterior.
También pone el foco en algo que a veces pasa desapercibido: el arte público que acompaña los espacios de tránsito. Aeropuertos, estaciones y grandes infraestructuras suelen vivirse con prisa, pero algunas obras terminan convirtiéndose en memoria visual de una ciudad. En El Prat, el mural de Miró cumple exactamente ese papel.
Joan Miró dejó varias huellas en Barcelona y su entorno, desde esculturas hasta mosaicos y grandes intervenciones urbanas. La del aeropuerto tiene una carga especial porque aparece justo en el umbral de la ciudad, en ese primer contacto de muchos visitantes con Barcelona.
Con esta protección, El Prat suma una dimensión cultural a su función como gran puerta aérea de Cataluña. Entre maletas, pantallas de vuelos y pasajeros en tránsito, el mural seguirá ocupando su lugar como una de esas imágenes que explican Barcelona sin necesidad de demasiadas palabras.