La zona de máxima seguridad incluirá la manzana de la basílica y las ocho que la rodean, además del tramo de la calle Rosselló por el que pasará el papamóvil. En ese perímetro no se podrá circular ni aparcar, y solo podrán entrar vecinos, trabajadores acreditados, invitados a los actos, autoridades y prensa. Quienes vivan o trabajen allí deberán demostrarlo con documentación.
El dispositivo será uno de los mayores desplegados en Barcelona en los últimos años. Participarán 5.600 agentes de los Mossos d’Esquadra y 500 de la Guardia Urbana, además de efectivos de otros cuerpos y servicios de emergencia. Habrá unidades de seguridad ciudadana, orden público, movilidad, subsuelo, inteligencia, guías caninos y equipos especializados en desactivación de explosivos.
Uno de los momentos más delicados será la llegada del Papa a la Sagrada Família. León XIV recorrerá en papamóvil más de un kilómetro por la calle Rosselló, desde el entorno de Roger de Llúria y Diagonal hasta Sardenya. El paso estará completamente vallado y solo se podrá acceder por puntos concretos, con filtros policiales y revisión de bolsos o mochilas.
La movilidad también cambiará bajo tierra. La estación de metro de Sagrada Família permanecerá cerrada durante todo el día 10: los trenes circularán, pero no se detendrán en sus andenes. Quienes quieran acercarse al templo deberán utilizar estaciones cercanas y caminar hasta los puntos de acceso permitidos.
El acto central será la misa solemne en la basílica, prevista por la tarde, y la posterior bendición de la torre de Jesucristo, coincidiendo con el centenario de la muerte de Antoni Gaudí. La torre, de 172,5 metros, convertirá la Sagrada Família en la iglesia más alta del mundo una vez culminada.
Para quienes no puedan acceder al entorno inmediato, se instalarán pantallas gigantes en puntos como Glòries y Arc de Triomf. La organización quiere evitar una concentración excesiva en las calles próximas al templo y repartir al público en zonas más amplias y controlables.
La visita del Papa llega a un barrio acostumbrado al turismo, pero no a un operativo de esta intensidad. Durante unas horas, la Sagrada Família dejará de ser solo un icono arquitectónico para convertirse en el centro de una ciudad vigilada, vallada y pendiente de cada movimiento. Para Barcelona, el reto será claro: garantizar la seguridad de un acto histórico sin olvidar que, detrás del gran despliegue, hay vecinos que tendrán que ir a trabajar, abrir comercios, volver a casa o simplemente cruzar su propio barrio.