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Nunca le había puesto esto al hígado encebollado y ya no hay otra forma: media cucharadita y ni rastro de amargor

El hígado encebollado divide las mesas en dos bandos: los que lo adoran y los que no pueden con ese regusto amargo y metálico. Para los segundos hay una noticia: el problema no es el hígado, es la receta de siempre, a la que le falta una cosa.

El clásico de casquería de toda la vida, con un giro en el especiero.
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La cosa cuesta céntimos y ya está en la mayoría de los especieros: cilantro molido. Media cucharadita por medio kilo de hígado, añadida en el momento justo, redondea el sabor y le lima el filo amargo al plato.

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Por qué funciona justo esta especia

El cilantro en semilla — nada que ver con la hoja fresca que amarga a media humanidad — tiene un perfil cálido, con un punto cítrico y dulzón. Esa calidez encaja de forma natural con la cebolla pochada y el hígado dorado, que juegan en el mismo registro, y redondea el conjunto en lugar de pelearse con él.

Fuego fuerte, pocos minutos y la especia justo al final.

Ese es el detalle fino: no todas las especias aguantan este plato. El curry o el clavo se imponen y lo desfiguran; el cilantro acompaña. Por eso media cucharadita basta y sobra: la especia está para suavizar al hígado, no para taparlo.

Ojo a la media verdad del titular: la especia mejora el sabor, pero el amargor de verdad se ataja antes de encender el fuego. Media hora de remojo en leche fría hace la mitad del trabajo; el cilantro remata la otra mitad. Juntos, ni rastro.

La receta, en cuatro movimientos

  1. Prepara el hígado: medio kilo de hígado de pollo o de ternera, limpio de telillas y venas, en trozos pequeños. Si hay tiempo, el remojo en leche de antes.
  2. Pocha una cebolla grande en un par de cucharadas de aceite hasta que esté blanda.
  3. Sube el fuego y añade el hígado: 5-7 minutos, removiendo de vez en cuando, hasta que los trozos se doren por fuera.
  4. Al final, y no antes: la media cucharadita de cilantro molido, la sal y la pimienta. Un minuto más de fuego para que la especia despierte, y fuera.

El orden del paso 4 no es manía: la sal desde el principio deseca el hígado, y las especias molidas se queman en una sartén que lleva rato fuerte. Los dos van al final por motivos distintos y con el mismo resultado si se ignoran: un plato peor.

Traducción: el hígado no perdona la sobrecocción. Pasados esos minutos se convierte en la suela que mucha gente recuerda del comedor escolar, y de ahí no vuelve. Jugoso por dentro pero hecho — en el de pollo, sin rastro rosado — es el punto exacto, y dura un suspiro.

Para completar el plato, lo de siempre funciona: un puré de patatas o un arroz blanco que recojan el jugo de la cebolla. Y para los escépticos de la casquería, este es probablemente el mejor plato para reconciliarse: hierro y vitamina B12 a precio de saldo, y con el truco del especiero, sin el peaje amargo que los alejó.

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