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¿Llegas a casa sin poder decidir ni qué cenar y acabas en la nevera? Una psiquiatra: no es cansancio de trabajar

Llegas a las ocho de la tarde. No has corrido un maratón ni has movido un mueble, pero eres incapaz de decidir qué cenar, qué serie poner o a qué mensaje contestar primero. Y acabas delante de la nevera comiendo de pie.

A las ocho de la tarde, la batería mental va por el 20 %.
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Eso tiene nombre: fatiga decisional. Y según la psiquiatra Marian Rojas, no viene del trabajo, viene de la cantidad de decisiones que has tomado antes de llegar.

Merkel y su chaqueta: una decisión menos cada mañana.

La batería del móvil, pero en la cabeza

Decidir depende de la corteza prefrontal, la misma zona que planifica, evalúa riesgos y frena impulsos. Cada elección consume energía de ahí, y el depósito no es infinito.

"Cuando llega al 20 %, un poco tipo los teléfonos nuestros, se enciende el rojo, y cuando estás en rojo entras en tu peor versión: el sensible llora, el impulsivo grita, el que come se come la nevera", explica la psiquiatra.

La diferencia con generaciones anteriores es de volumen. "Cada elección consume recursos cognitivos y el mundo moderno nos obliga a tomar cientos de decisiones, mucho más que las generaciones anteriores", señala. Qué ropa, qué correo, qué noticia, qué aplicación: microdecisiones que no parecen nada y que suman todo el día.

No es una teoría de sofá

El fenómeno está medido fuera del salón de casa. El estudio más citado sobre el asunto analizó las resoluciones de libertad condicional de un grupo de jueces y encontró que los permisos concedidos caían a medida que avanzaba la jornada y se recuperaban tras las pausas para comer. Mismo caso, misma ley, distinta hora.

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Cuando la batería está baja, el cerebro tira de la opción más automática o más conservadora para no gastar. Por eso a última hora cuesta tanto innovar, negociar o tener paciencia.

Traducción doméstica: la frase "ya lo decidimos esta noche" es una trampa. Por la noche la respuesta por defecto es no.

Qué se hace con esto

La salida, dice Rojas, no pasa por exigirse más fuerza de voluntad, sino por proteger la batería y reservar los momentos de máxima lucidez para lo que importa.

  • Eliminar decisiones que no aportan nada. Es lo que hacía Angela Merkel con su uniforme de chaqueta abotonada: una elección menos a primera hora.
  • Agrupar lo trivial: menú semanal, ropa del día anterior, compra con lista cerrada.
  • Colocar lo importante por la mañana, cuando el depósito está lleno.
  • Meter pausas reales entre bloques de decisiones, que es lo que devolvía el criterio a aquellos jueces.

Y una precisión que evita culpabilizarse de más: esto no va de falta de carácter ni de estar deprimido. Va de un recurso que se gasta como se gasta la fuerza física, y que se recupera con descanso, comida y pausas, no con disciplina.

La propia psiquiatra cuenta que se quedó bloqueada delante del pasillo de galletas de un supermercado, incapaz de elegir entre decenas de marcas. Pasa en las mejores cabezas.

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