Jordi Cruz corrige tu salsa de tomate: nada de azúcar — un gramo de algo que tienes en la despensa y la acidez se va
La cucharada de azúcar en la salsa de tomate es uno de esos gestos heredados que nadie cuestiona: la abuela lo hacía, la madre lo hacía y tú lo haces. Jordi Cruz, chef del ABaC con tres estrellas Michelin, propone jubilarlo — y lo que pone en su lugar está en el mismo armario.

Contenido del artículo
Es bicarbonato sódico, el del bote de toda la vida, y la dosis es de botica: un gramo por cada medio kilo de sofrito. El chef lo cuenta en los vídeos de su canal, donde su receta de sofrito lo incorpora desde el pochado de la cebolla.
Te puede interesar: Los expertos coinciden: hasta el sofá más viejo y con más olor queda como nuevo con tres cosas que no llegan a un euro
Por qué el bicarbonato y no el azúcar
La diferencia es de concepto. El azúcar no quita la acidez del tomate: la disfraza con dulzor, y de paso endulza una salsa que no pedía serlo. El bicarbonato trabaja en el otro extremo — es alcalino, así que neutraliza directamente parte de los ácidos cítrico y málico del tomate. La acidez baja de verdad y el sabor del tomate se queda donde estaba.
"Por cada medio kilo de sofrito, un gramo de bicarbonato", concreta Jordi Cruz.
Y hay un segundo efecto que explica por qué lo añade tan pronto: el bicarbonato eleva el pH y debilita las pectinas que mantienen tiesas las verduras, con lo que la cebolla se ablanda y se cocina más deprisa. Un ingrediente, dos trabajos.

Cómo aplicarlo sin estropear la salsa
La ejecución tiene tres reglas, y las tres van de contención:
- Pésalo o tasa la pizca. Un gramo es poquísimo — menos de media cucharadita. En la duda, siempre por debajo.
- No te asustes de la espuma. Al tocar los ácidos del tomate, el bicarbonato libera burbujas de CO2 y la salsa chisporrotea un momento. Es la señal de que está funcionando, no de que algo va mal.
- Deja terminar la cocción. El sofrito de Cruz lleva sus buenos 45 minutos a fuego bajo tras añadir el tomate; el bicarbonato acelera la cebolla, no sustituye el chup-chup.
Ojo al exceso, que aquí sí se paga: pasarse de bicarbonato aplana el sabor y deja un regusto jabonoso que no tiene arreglo. La acidez del tomate no es un enemigo a exterminar, es parte de su gracia; el objetivo es limarla, no borrarla.
Si el bote azul no convence
Para los escépticos del bicarbonato quedan los correctores clásicos, todos más lentos pero igual de honrados: una zanahoria rallada en el sofrito, que aporta dulzor natural; una cocción más larga, que suaviza por sí sola; o una nuez de mantequilla al final, al estilo de las salsas italianas, que redondea sin endulzar.
La mejor prevención, eso sí, sigue estando en la compra: un tomate maduro de temporada trae la acidez ya equilibrada de fábrica. El bicarbonato es el plan B para el tomate de lata de enero — que, casualmente, es cuando más salsa de tomate se hace en casa.
Anteriormente escribimos: Pago menos de luz desde que toqué una sola rueda del termo: el número para el invierno que la mayoría ni mira