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A los 27 cambiaron Barcelona por un pueblo de diez vecinos y ahora presumen de un lujo que no cuesta un euro

Hay gente pagando 1.200 euros por un piso compartido en Barcelona y gente que acaba de descubrir que lo que de verdad quería no está a la venta. Victoria y Gabriel, dos primos de 27 años, pertenecen ya al segundo grupo.

Un pueblo de la España interior: calles vacías y la vida que vuelve.
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Hace dos años cambiaron la capital catalana por un pueblo de Soria con unos diez habitantes, el de sus abuelas, el de los veranos de la infancia. Hoy cuentan su día a día en redes como @Repoblando, donde sus vídeos acumulan visitas de una audiencia partida en dos: los que les envidian y los que no se lo creen.

El lujo del titular

No es el huerto, ni los huevos que les regalan los vecinos, ni el alquiler. Es una cosa que en Barcelona no existe a ningún precio.

"Ese silencio es uno de nuestros mayores lujos", resumen los primos.

Cuentan que al principio ese mismo silencio les impactaba — a un oído urbano le falta el rumor de fondo —, y que la familia tampoco ayudó en el arranque. "Mi madre me dijo que no. La gente se asusta de primeras", reconoce Victoria. Dos años después, la frase que repiten es otra: el mayor cambio "es disfrutar de las cosas sencillas".

Pueblos de Soria entre montes: la tranquilidad que buscaban los primos.

Cómo se compra donde no hay tiendas

La pregunta que más les hacen tiene respuesta logística: al pueblo no se va al supermercado, el supermercado viene al pueblo. Una vez a la semana pasan el carnicero, el pescadero y el frutero con sus furgonetas, y a eso se suma lo que da el huerto propio y lo que circula entre vecinos: miel, huevos, verdura.

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Ese sistema no es un invento suyo, es la infraestructura invisible de media provincia. En Soria, dos de cada tres pueblos no tienen ninguna tienda de productos básicos, y la vida se organiza alrededor de rutas ambulantes: el pan, la carne y el pescado por semanas, el bibliobús cada quince días, e incluso una oficina bancaria móvil que lleva años recorriendo pueblos que se quedaron sin sucursal.

Traducción: vivir en un pueblo de diez habitantes no es aislarse, es cambiar de calendario. En la ciudad decides tú cuándo compras; en el pueblo lo decide la ruta de la furgoneta. A cambio, el carnicero te conoce por tu nombre desde el primer día.

La parte que no sale en los vídeos bonitos

Los propios protagonistas insisten en desmontar la postal en ambas direcciones. "Mucha gente se piensa que nos aburrimos en un pueblo y no es verdad", dicen, y a la vez su proyecto se llama Repoblando precisamente porque falta gente: "No es solo repoblar nuestro pueblo, sino el resto", explica Gabriel.

Para quien fantasee con imitarles, el inventario honesto incluye lo que las furgonetas no traen:

  • Trabajo. Ellos generan ingresos en parte desde las redes; sin empleo remoto o proyecto propio, un pueblo de diez vecinos no ofrece nóminas.
  • Servicios con horario de visita. En muchos pueblos sorianos el médico, el fisio o la peluquera también van por rutas, como la compra.
  • Internet y carretera. Las dos cosas que conviene comprobar antes que la casa.

Los que reparten tampoco se hacen ricos: los vendedores ambulantes de la zona reconocen que la mitad de las rutas no salen rentables, y que las mantienen porque sin ellas los pueblos se apagan. El lujo del silencio, visto así, lo sostiene una red de gente que madruga para que diez vecinos puedan quedarse a escucharlo.

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