Construido con motivo de la Exposición Internacional de 1929, el palacete nació como residencia destinada a acoger a la familia real durante su estancia en Barcelona. Con el paso del tiempo, ha mantenido ese carácter institucional y continúa siendo la residencia oficial de los reyes de España durante sus visitas a la ciudad.
Su arquitectura, inspirada en los palacios clásicos europeos, rompe con la imagen más reconocible de Barcelona y aporta un aire solemne y refinado. En el interior, los salones históricos conviven con una cuidada colección artística y detalles inesperados, como la cúpula diseñada por Salvador Dalí, una intervención que incorpora referencias a la ciudad y al imaginario creativo catalán.
Más allá de su valor arquitectónico e histórico, el Palacete Albéniz conserva una atmósfera difícil de definir: la de un lugar que parece suspendido entre distintas épocas. Un espacio marcado por la representación y el protocolo que, pese a los cambios de función a lo largo del tiempo, sigue envuelto en un halo de discreción, elegancia y misterio.