Nacidos a comienzos del siglo XX como jardines destinados a acompañar una residencia real, conservan todavía esa elegancia de otro tiempo. Grandes avenidas arboladas, extensiones de césped perfectamente dibujadas, fuentes ornamentales y esculturas repartidas entre la vegetación construyen un paisaje que parece diseñado para pasearse sin rumbo.
En el centro de este escenario aparece el Palacete Albéniz, antigua residencia vinculada a la Exposición Internacional de 1929 y todavía hoy espacio de recepciones oficiales. A su alrededor, la naturaleza y el arte conviven con una discreción poco habitual: cedros centenarios, magnolias, estanques y más de treinta esculturas se descubren poco a poco, como si el jardín prefiriera ser recorrido antes que explicado.
Hay lugares que impresionan por su tamaño y otros por el silencio que consiguen crear. Los Jardines de Joan Maragall pertenecen a esa segunda categoría: un rincón de Barcelona que no parece querer llamar la atención y que, precisamente por eso, termina dejando huella.