A lo largo del día, el parque se transforma según quien lo recorra. Hay quienes lo atraviesan de paso, quienes se detienen a leer o tomar algo en el bar, quienes lo utilizan para correr o jugar al tenis de mesa. También cuenta con zonas infantiles, área para perros y conexiones con equipamientos cercanos como el campo de fútbol de Fort Pienc.
Pero más allá de su uso cotidiano, el parque tiene una identidad marcada por el arte. Entre el césped aparecen dos intervenciones de la artista Beverly Pepper: una espiral de mosaico que se hunde en la tierra y una estructura piramidal azul que emerge con discreción. Ambas piezas, inspiradas en el lenguaje de Gaudí, introducen un diálogo silencioso entre paisaje y escultura.
Es un lugar donde conviven la rutina y la contemplación, donde la ciudad se relaja sin dejar de estar presente.