La estación de Sants se convierte cada día en uno de los principales puntos de encuentro entre visitantes y viajeros habituales. Turistas procedentes de Estados Unidos, Portugal, China o Países Bajos utilizan los mismos trenes que miles de residentes y comparan inevitablemente el servicio con el transporte público de sus lugares de origen.
Algunos viajeros chinos destacan el aspecto desgastado y el ruido de determinados convoyes frente a redes ferroviarias más modernas. La percepción cambia entre visitantes estadounidenses, para quienes poder recorrer buena parte de Catalunya en transporte público resulta especialmente cómodo frente a ciudades donde prácticamente cualquier desplazamiento exige utilizar el coche.
También aparecen dificultades antes de subir al tren. Algunos turistas explican que comprar billetes presencialmente resulta sencillo, pero encuentran errores o diferencias de precios cuando intentan hacerlo por internet. Otros echan en falta sistemas más extendidos en sus países, como acceder directamente mediante una tarjeta bancaria o el teléfono móvil.
Estas primeras impresiones llegan en un momento especialmente delicado para Rodalies. Después del accidente mortal de Gelida de enero, la red ha encadenado meses de obras, incidencias y problemas de puntualidad. En junio, solo el 50,5 % de los trenes cumplió el horario previsto y el retraso medio se situó alrededor de los 22 minutos.
El reciente eclipse volvió a mostrar esa fragilidad en plena temporada turística. La gran cantidad de viajeros que intentó desplazarse desde Barcelona hacia Tarragona saturó la estación de Sants, mientras una incidencia en Castelldefels provocó retrasos y redujo la frecuencia de algunos servicios justo durante una de las jornadas de mayor demanda del verano.
Pese a los problemas, Rodalies sigue siendo una herramienta fundamental para quienes visitan Barcelona sin coche. Su extensa red permite convertir localidades costeras y municipios del interior en excursiones de un día, algo que muchos extranjeros valoran incluso cuando señalan carencias en comodidad, información o puntualidad.
La mirada de los turistas añade así otro termómetro a un servicio acostumbrado a las críticas de sus usuarios habituales. En un verano de estaciones llenas y desplazamientos constantes hacia la costa, Rodalies no solo condiciona la rutina de quienes viven en Catalunya: también forma parte de la primera impresión que miles de visitantes se llevan de cómo funciona Barcelona más allá de sus calles.