El salto respecto al año pasado fue enorme: 10.000 personas más participaron en un recorrido que volvió a convertir el centro de Barcelona en una gran fiesta urbana. Familias, grupos de amigos, corredores populares y atletas experimentados compartieron los 10 kilómetros en una mañana marcada más por la convivencia y la energía colectiva que por la competición pura.
El circuito atravesó algunos de los puntos más reconocibles de la ciudad y alteró durante horas la rutina habitual del tráfico y la movilidad. La Diagonal, habitualmente dominada por coches y autobuses, quedó ocupada por una marea de corredores que avanzó hasta Plaza Catalunya entre aplausos, música y vecinos siguiendo la prueba desde aceras y balcones.
En lo deportivo, Pol Espinosa fue el más rápido en categoría masculina con un tiempo de 29 minutos y 44 segundos. Sandra Sancho se llevó la victoria femenina tras cruzar la meta en 35 minutos y 33 segundos. Pero más allá de los cronómetros, la sensación dominante volvió a ser la de un evento pensado para toda la ciudad.
La edición de este año tuvo además un fuerte componente solidario. La recaudación obtenida a través de la venta de camisetas oficiales irá destinada a la Fundación Cruyff, centrada en proyectos deportivos para niños y jóvenes con necesidades especiales. El deporte volvió así a mezclarse con la dimensión social que la carrera ha ido reforzando con el paso de los años.
La Cursa de El Corte Inglés hace tiempo que dejó de ser solo una prueba popular. Se ha convertido en uno de esos eventos que explican cómo vive Barcelona el espacio público: calles llenas, barrios conectados, deporte abierto a todos y una ciudad que durante unas horas cambia completamente su ritmo habitual para compartir una experiencia colectiva.