Pocas cosas hay tan habituales en una cocina española como una botella de aceite de oliva. Para cocinar, aliñar una ensalada o simplemente acompañar una tostada. Pero este producto podría volver a dar que hablar también por su precio.
La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) ha advertido de que una posible retirada obligatoria de parte del aceite durante la campaña 2026/2027, planteada para afrontar situaciones de sobreproducción, podría terminar encareciendo el producto para los consumidores y reduciendo la competencia.
Y si vuelve a costar más, surge una pregunta bastante práctica: ¿merece realmente su fama de alimento saludable?
El corazón concentra algunas de las pruebas más sólidas
El aceite de oliva está compuesto principalmente por grasas monoinsaturadas, especialmente ácido oleico. Los aceites vírgenes y, sobre todo, el aceite de oliva virgen extra (AOVE) conservan además una mayor cantidad de polifenoles y otros compuestos antioxidantes.
Uno de los estudios de referencia sobre la dieta mediterránea se realizó precisamente en España. El ensayo PREDIMED siguió a 7.447 personas de entre 55 y 80 años con elevado riesgo cardiovascular.
Uno de los grupos siguió una dieta mediterránea enriquecida con AOVE, con un objetivo de consumo de alrededor de 50 gramos diarios, unas cuatro cucharadas.
Tras casi cinco años, los grupos que siguieron dietas mediterráneas complementadas con AOVE o frutos secos presentaron aproximadamente un 30% menos de riesgo relativo de sufrir infarto, ictus o muerte cardiovascular frente al grupo de control.
Pero hay un matiz importante: el resultado corresponde al conjunto de la dieta mediterránea. No significa que tomar cuatro cucharadas de aceite al día, manteniendo todo lo demás igual, reduzca por sí solo ese riesgo un 30%.
¿Y qué pasa con el cerebro?
Otra investigación, publicada en JAMA Network Open, siguió los hábitos de 92.383 adultos durante 28 años y encontró una asociación llamativa.
Quienes consumían más de siete gramos de aceite de oliva al día, algo más de media cucharada, presentaban un 28% menos de riesgo de morir por demencia que las personas que nunca o casi nunca lo consumían.
Sustituir cinco gramos diarios de margarina o mayonesa por aceite de oliva también se relacionó con una reducción de entre el 8% y el 14% de ese riesgo.
Eso sí: se trata de un estudio observacional. Encontrar una asociación no demuestra que el aceite de oliva sea directamente responsable de prevenir la demencia.
No todos los aceites son iguales
Aunque todos los aceites de oliva aportan principalmente grasas monoinsaturadas, existen diferencias entre ellos.
El virgen extra suele conservar una mayor concentración de polifenoles y otros compuestos bioactivos porque pasa por un procesamiento menor. El aceite refinado continúa aportando grasas insaturadas, pero contiene menos de algunos de esos componentes.
Incluso entre distintos AOVE puede variar la cantidad de polifenoles dependiendo de factores como la variedad y maduración de la aceituna, la elaboración o la conservación.
¿Puede ayudar frente a la diabetes?
Algunos estudios poblacionales han relacionado un mayor consumo de aceite de oliva con un menor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, especialmente dentro de una dieta mediterránea.
Sin embargo, los ensayos que han analizado directamente parámetros como la glucosa, la insulina o la hemoglobina glicosilada no siempre han obtenido los mismos resultados.
De nuevo, importa el contexto: no es lo mismo añadir más aceite a la dieta que utilizarlo para sustituir otras grasas menos saludables.
Entonces, ¿cuántas cucharadas al día?
No existe una cantidad universal.
Una cucharada de aceite aporta aproximadamente 120 calorías, por lo que el hecho de que sea una grasa asociada a beneficios para la salud no significa que deba consumirse sin límite.
Además, las cantidades utilizadas en los estudios varían mucho: desde algo más de media cucharada diaria en la investigación sobre mortalidad relacionada con la demencia hasta unas cuatro cucharadas como objetivo en el grupo de PREDIMED enriquecido con AOVE.
La pregunta más útil probablemente sea otra: ¿qué estamos sustituyendo por aceite de oliva?
Utilizar AOVE en lugar de mantequilla, determinadas salsas o fuentes de grasas saturadas cuenta con mayor respaldo que simplemente añadir más aceite a lo que ya se come.
Y ahí es donde una eventual subida de precio puede tener una consecuencia que va más allá de pagar unos euros más en el supermercado. Para muchos hogares españoles, el aceite de oliva sigue siendo la grasa de uso diario y una pieza central de la dieta mediterránea.