Sobre el escenario, la artista abre ese espacio íntimo donde nacen pensamientos que no siempre tienen sentido, pero que, en su lógica particular, funcionan. Ideas que aparecen en mitad de la noche, cuando la cabeza no se detiene, y que aquí se convierten en material escénico. Según ella misma plantea, todo lo que surge en ese diálogo silencioso con el techo merece ser compartido, aunque luego resulte imposible de explicar.
El resultado es un monólogo que juega con lo imprevisible, donde la coherencia no es una prioridad y el humor aparece precisamente en ese desorden. No hace falta entenderlo todo: basta con dejarse llevar por ese flujo de ocurrencias que oscilan entre lo brillante y lo desconcertante.
En catalán y con una duración de 60 minutos, el espectáculo propone una mirada distinta al stand-up, más cercana a un ejercicio de pensamiento en voz alta que a un guion cerrado. Una invitación a entrar en la cabeza de alguien que, al menos por un rato, decide no poner filtros.