Lejos de limitarse a una sucesión de chistes, la propuesta funciona como una celebración del caos diario, de esas pequeñas situaciones absurdas que todos reconocen y que, vistas con distancia, suelen resultar mucho más divertidas de lo que parecían en el momento.
Con un ritmo ágil y una energía que busca contagiarse de escenario a platea, Estadella construye una experiencia que juega constantemente con la complicidad del público. Su humor no pretende ofrecer grandes respuestas ni soluciones milagrosas; se conforma con algo bastante más útil: cambiar la perspectiva.
En catalán y con una duración de 70 minutos, Jarana demuestra que a veces una buena carcajada no arregla las cosas, pero sí modifica la manera de enfrentarse a ellas. Y eso ya es bastante.
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