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Ya no frío ni cuezo las patatas: las horneo sobre sal con mantequilla y ajo. Huelen en toda la casa

Hay una manera de hacer patatas que no es freír, ni cocer, ni envolver en papel de aluminio, y que en España suena menos exótica de lo que parece: hornearlas sobre un lecho de sal gruesa. Si has comido papas arrugadas canarias, ya conoces a la familia; esto es la prima de horno, y en casa sale sin técnica ninguna.

Patatas asadas con ajo: piel crujiente y el interior cremoso.
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La receta circula estos días en redes y se resume en una frase: un dedo de sal en la bandeja, las patatas encima, y el horno hace todo lo demás. El resultado es piel seca y tirante por fuera y un interior cremoso que se deshace, con la cocina oliendo a asado de domingo.

Sal gruesa: hace de lecho, no de condimento.

Por qué la sal cambia el resultado

La sal gruesa trabaja de tres maneras a la vez. Reparte el calor de manera uniforme, de modo que la patata se asa igual por todos lados sin que la base se queme contra el metal. Absorbe la humedad que la patata va soltando, y por eso la piel queda seca y crujiente en lugar de correosa. Y eleva el tubérculo sobre una especie de colchón caliente que lo cocina con calma, sin puntos crudos.

Traducción: la sal no está ahí para salar, está ahí de material de construcción. A través de la piel apenas pasa — la patata sale sazonada por fuera y suave por dentro, no salada. El miedo lógico de "me va a quedar incomible" es justo lo que no ocurre.

Es el mismo principio de las papas arrugadas, donde el agua saturada de sal deja esa piel arrugada y la carne tierna, y el de la dorada a la sal de toda la vida. La costra salina es uno de los métodos de cocción más viejos del recetario, solo que casi nadie lo aplica a lo más barato del mercado.

La receta, con cantidades

Para cuatro personas:

  1. 1 kilo de patatas de tamaño parecido, mejor medianas o pequeñas. Lávalas a conciencia con cepillo — la piel se come — y sécalas del todo.
  2. 700-800 gramos de sal gruesa extendidos en una fuente de horno, en una capa de un centímetro.
  3. Coloca las patatas enteras encima, sin enterrarlas: solo apoyadas en el lecho.
  4. Al horno a 200 °C, de 45 a 60 minutos según el tamaño. La prueba es la de siempre: si el cuchillo entra hasta el centro sin resistencia, están.
  5. El remate: las patatas calientes van a un bol hondo con 50 gramos de mantequilla, 2-3 dientes de ajo picados y un buen puñado de eneldo o perejil. Se remueven con suavidad hasta que la mantequilla fundida las envuelva una a una.

Ese bol final es donde la receta se gana el titular: el calor de las patatas derrite la mantequilla y despierta el ajo, y ese vapor es lo que huele en toda la casa.

Ojo a la tentación de pinchar las patatas o envolverlas: ni una cosa ni la otra. Enteras y con la piel intacta, la humedad se queda dentro y la carne sale cremosa. Agujereadas, se escapa el vapor y queda patata de microondas.

Dos propinas y un dato de despensa

Para convertirlo en plato único, dos acompañamientos que le van como un guante: unos torreznos o bacon dorado por encima para el crujiente, y una salsa rápida de nata agria o yogur griego con cebollino y una punta de mostaza para el contraste frío.

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Y la duda del precio de la sal tiene respuesta corta: ese lecho se guarda. Una vez frío, se recoge en un bote y sirve para dos o tres hornadas más de patatas — solo hay que descartarlo cuando se vea húmedo o manchado. El kilo de sal gruesa cuesta unos 40 céntimos, así que el método entero sale más barato que encender la freidora.

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