Una pareja de EE.UU. se enamoró de un pueblo abandonado de Zamora — y ahora lo quiere convertir en destino turístico
Imagínate llegar a un pueblo donde no vive absolutamente nadie… y comprarlo entero, con iglesia y bar incluidos. Alguien acaba de hacerlo, y su plan es todavía más loco que la compra.

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Un pueblo entero por el precio de un piso en Madrid
Salto de Castro es ese tipo de lugar que parece salido de una película: 44 casas, una escuela, un cuartel de la Guardia Civil, un bar, una iglesia y una hospedería, todo colgado sobre los espectaculares Arribes del Duero, en Zamora, a un paso de Portugal. Iberdrola lo levantó en los años 50 para alojar a las familias que construían la presa de la zona; cuando la presa se automatizó, la gente se fue, y en 1989 salió por la puerta la última familia. Desde entonces: silencio, zarzas y fotos de urbex.
Hasta que apareció Jason Lee Beckwith, empresario californiano que jamás había pisado Europa, leyó un artículo sobre el pueblo en venta y decidió que aquello era una señal. Compró el poblado entero por unos 310.000 euros — sí, lo que cuesta un piso de dos habitaciones en según qué barrio — y lo describe como "un refugio en uno de los entornos más hermosos que pueda imaginar".
Un hombre que nunca había cruzado el Atlántico se subió a un avión, solo, para ver un pueblo fantasma español del que leyó por casualidad. Y acabó comprándolo. Las aplicaciones de citas nunca conseguirán este nivel de flechazo.

El plan: de pueblo fantasma a destino con wifi
La transformación va por fases:
- Fase 1: rehabilitar la zona de la iglesia y los espacios de hostelería, con la hospedería convertida en un alojamiento de 14 habitaciones, salón común y lavandería.
- Fase 2: restaurar las viviendas del pueblo, una a una.
- Extras del proyecto: espacios para nómadas digitales y alquileres de larga duración, porque hasta los pueblos fantasma entienden ya el teletrabajo.
- La factura real: la restauración completa se estima entre 3 y 6 millones de euros. Comprar el pueblo era, literalmente, la parte barata.
El alcalde de Fonfría, el municipio al que pertenece el poblado, ve el proyecto con buenos ojos, con una condición innegociable: respetar la identidad arquitectónica del lugar y las normas de la zona. Nada de convertir los Arribes en un parque temático de cartón piedra.
Salto de Castro lleva décadas siendo el símbolo perfecto de la España vaciada. Si esto sale bien, podría convertirse en el símbolo de otra cosa: que hasta los pueblos muertos tienen segundas oportunidades.