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¿Duermes cada noche abrazado a la almohada? Los psicólogos saben qué deseo oculto delata esa postura

Te acuestas, te pones de lado y el brazo busca solo la almohada. La abrazas, la encajas contra el pecho y, en ese momento, el día se apaga. Si te reconoces en la escena, no estás solo: es una de las posturas más comunes para dormir, y la psicología tiene bastante que decir sobre ella.

Abrazar la almohada al dormir: una búsqueda de contacto y de sentirse a salvo.
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Los especialistas en salud mental que recoge la revista CuerpoMente coinciden en la lectura de fondo: abrazar una almohada responde a una necesidad de contacto físico y de sentirse a salvo mientras se duerme.

Lo que la postura dice de ti

El cuerpo sabe calmarse con el tacto, y el abrazo es una de sus herramientas más antiguas. Cuando no hay nadie al lado, la almohada ocupa ese lugar. Según estos profesionales, la postura se relaciona con varias necesidades:

  • Regular las emociones a través del contacto físico, la misma vía por la que un abrazo tranquiliza después de un mal día.
  • Sentirse protegido durante el sueño, el momento en que el cuerpo está más indefenso.
  • Buscar apoyo en etapas de estrés o de cambios.

Esa última es la que más llama la atención, porque convierte la almohada en un pequeño termómetro emocional. Mucha gente descubre que se abraza a ella con más fuerza en las semanas de exámenes, de mudanza o de problemas en el trabajo, y que la suelta sin darse cuenta cuando las aguas vuelven a su cauce.

"Es posible que esta forma de dormir se dé con más frecuencia en momentos complicados de tu vida", señalan los especialistas citados por CuerpoMente.

Los psicólogos también la vinculan con el apego ansioso, el estilo de quienes temen especialmente la soledad y necesitan sentirse acompañados y valorados. La almohada, en ese caso, es una forma de compañía que no falla nunca.

La ciencia de la presión que calma

El efecto tranquilizador tiene una base física. La presión firme y repartida sobre el cuerpo, lo que los especialistas llaman presión profunda, activa la parte del sistema nervioso que se encarga del reposo y frena la que mantiene el estado de alerta.

Dormir de lado y bien arropado: la presión suave sobre el cuerpo ayuda a bajar la guardia.

Un ensayo del Instituto Karolinska de Estocolmo lo puso en cifras en 2020 con mantas pesadas, que aplican esa misma presión sobre todo el cuerpo. En 120 adultos con insomnio, cerca del 60 % de quienes durmieron con una manta de 8 kilos redujo su insomnio a la mitad o más en cuatro semanas, frente a apenas el 5,4 % del grupo con una manta ligera.

"Me sorprendió el gran efecto que tuvo la manta pesada sobre el insomnio", reconoció el psiquiatra Mats Adler, responsable del estudio.

Abrazar una almohada es una versión doméstica y gratuita del mismo principio: algo blando y con peso contra el pecho y los brazos, que le dice al cuerpo que puede bajar la guardia.

El gesto que empezó con un peluche

Hay además una historia que viene de lejos. El pediatra y psicoanalista británico Donald Winnicott acuñó el término objeto transicional para el peluche o la mantita de los niños pequeños: ese objeto que les da seguridad cuando se separan de sus padres y que les ayuda a quedarse dormidos solos.

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La almohada abrazada es, en buena medida, el objeto transicional de los adultos. Se cambia el oso de peluche por algo más discreto, pero la función se parece mucho.

Lo que gana tu espalda

El abrazo también tiene premio físico. Dormir de lado con las piernas ligeramente flexionadas hacia el pecho y una almohada entre ellas ayuda a alinear la columna, la pelvis y las caderas, según la Clínica Mayo, y quita presión a la columna. La propia clínica propone como alternativa una almohada de cuerpo entero.

Esa almohada larga resuelve las dos cosas a la vez: se abraza con los brazos y se sujeta entre las rodillas, de modo que hombro, cadera y espalda quedan en su sitio toda la noche. Si la tuya es una almohada normal, conviene que tenga una firmeza media para que no se aplaste a las dos horas, y lavarla con regularidad, porque pasa la noche entera pegada a la cara y acumula ácaros y sudor como cualquier otra pieza de la cama.

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