Croquetas de atún y boniato en 50 minutos: sin bechamel, sin freír y con la cocina limpia al terminar
La croqueta tiene fama justa de plato de día libre: bechamel que hay que remover media hora, masa que debe enfriar de un día para otro, el ritual de harina-huevo-pan y una sartén de aceite que deja la cocina oliendo a churrería. Por eso casi nadie las hace un martes.

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La cocinera Paula Monreal, conocida en redes como @paufeel, propone una versión que desmonta la logística entera: dos latas de atún, un boniato y la freidora de aire. Cincuenta minutos de principio a fin, y la mayoría son de espera.
El cambio de base
El trabajo que en la croqueta clásica hace la bechamel — ligar y dar cremosidad — aquí lo hace el boniato chafado. Cocido unos 20 minutos y hecho puré con un tenedor, aporta la misma untuosidad con dulzor propio, y de paso jubila el cazo, la harina y el remover.

El rebozado también se simplifica: la masa de boniato es lo bastante húmeda y pegajosa como para que el panko se adhiera solo, así que desaparecen el huevo batido y el plato de harina. Una bandeja menos que fregar por cada paso eliminado; de ahí lo de la cocina limpia.
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La receta, con cantidades
Para cuatro personas:
- 1 boniato mediano, cocido unos 20 minutos y chafado (o asado entero a 200 ºC, unos 45 minutos).
- 2 latas de atún, bien escurridas.
- 100 g de queso rallado y una cucharadita de orégano seco.
- 60 g de panko para rebozar.
- 1 cucharada de aceite de oliva en espray.
Se mezcla todo menos el panko hasta tener una masa homogénea, se forman bolas de unos 30 gramos, se pasan por el panko y van a la freidora de aire con un rocío de aceite: 12-15 minutos hasta dorarse. Sin aparato, el horno a 180 ºC las deja igual en 20-25 minutos.
Ojo al escurrido del atún, que es donde se juega la textura: una lata mal escurrida afloja la masa y las bolas se agrietan. Apretar bien el atún contra la tapa antes de mezclar es el paso humilde que sostiene todo lo demás.
La autora las acompaña de una salsa rápida: un aguacate maduro triturado con una cucharada de zumo de limón, cilantro picado, sal y pimienta. Su cálculo nutricional, con salsa incluida, ronda las 330 kilocalorías por ración con 16 gramos de proteína.
Traducción: esto no compite con la croqueta de jamón de la abuela, y tampoco lo pretende. Compite con la cena de diario a base de cualquier cosa, y ahí gana por goleada: más proteína, menos grasa y ningún cacharro imposible.
Para rematar la jugada del martes: la masa admite doblarse, y las bolas ya rebozadas aguantan en el congelador en una bolsa. De ahí pasan directas a la freidora de aire con un par de minutos extra, que es lo más parecido a tener croquetas de fondo de armario.
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