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La persona que nunca te lleva la contraria puede estar guardándote rencor: una psicóloga explica la señal que lo delata

Esa persona que jamás discute contigo y a la que todo le "parece bien" quizá no sea tan zen como aparenta. Una psicóloga clínica explica qué se esconde de verdad tras tanta paz.

Callar no siempre es paz
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El mito del santo que nunca discute

Todos tenemos a alguien así en la vida: la pareja que responde "nada, no pasa nada" con la mandíbula apretada, el amigo que se calla en mitad de la bronca y se queda mirando al infinito como si estuviera bufferizando. Y todos hemos pensado lo mismo: qué madurez, qué autocontrol, qué envidia.

Pues agárrate, porque la ciencia dice otra cosa. Según explica la psicóloga clínica de la Cleveland Clinic Kia-Rai Prewitt, citada por OK Diario, quedarse mudo en un conflicto rara vez es serenidad. Suele ser una mezcla de bloqueo, emociones desbordadas y hábitos aprendidos de la infancia. Vamos, de todo menos paz interior.

Callar en las discusiones no suele ser autocontrol: detrás hay resentimiento acumulado y fatiga emocional. La calma era decorativa.

Qué está pasando en realidad ahí dentro

La propia Prewitt lo describe sin anestesia en la web de la Cleveland Clinic: "A veces las personas están tan angustiadas emocionalmente que se bloquean fisiológicamente". Es decir: el cerebro cuelga el cartel de "cerrado por inventario" y ya no procesa nada, ni mucho menos responde.

El que calla, acumula.

Las razones más habituales de ese mutismo, según la experta:

  • Herencia familiar: si en casa las broncas se resolvían con silencios de tres días, el niño aprende que callar es "gestionar".
  • El silencio como castigo: padres que dejaban de hablar al crío cuando fallaba. Spoiler: el crío crece y repite el numerito.
  • Sobrecarga emocional: demasiada intensidad, cero palabras disponibles. El clásico "ya sé lo que tenía que haber dicho"... dos horas tarde, en la ducha.
  • La creencia de que callar evita el conflicto: cuando en realidad solo lo pospone y lo deja fermentando.

La señal que lo delata

Aquí viene la parte incómoda. La clave, dice Prewitt, está en la intención. Una cosa es necesitar unos minutos para calmarse y volver a la conversación como persona funcional. Otra muy distinta es usar el silencio como arma: para castigar, para hacer daño o para cortar toda comunicación. Lo primero es una pausa; lo segundo, una factura emocional que alguien te está guardando con intereses.

El receptor del silencio suele leerlo como rechazo o castigo. Y a veces —solo a veces— lee perfectamente bien.

Y hay un detalle extra que lo delata todo: reprimir las emociones no las elimina, las acumula. Esa persona que "nunca te lleva la contraria" puede estar archivando cada agravio en una carpeta mental perfectamente organizada. Hasta que un día la carpeta explota por algo tan grave como que dejaste el lavavajillas mal cargado.

Qué hacer si convives con una esfinge

La receta de la experta es decepcionantemente simple: hablar. Cuando el silencio empieza a generar malestar en la relación, poner el tema sobre la mesa —"oye, ¿qué pasa cuando te callas?"— abre la puerta a otra forma de afrontar los conflictos. Menos glamurosa que el drama, sí. Pero infinitamente más barata que la terapia de pareja.

Así que ya sabes: la próxima vez que alguien te diga "no, si yo no discuto nunca", no lo anotes como virtud. Anótalo como pista.