Mientras una parte de la afición viajaba a Alemania, Vallecas vivía su propia final en Madrid. El estadio abrió sus puertas con pantallas gigantes y reunió a miles de seguidores que no querían ver el partido solos ni lejos de casa. La Comunidad había anunciado un dispositivo con tres pantallas, una por grada, y capacidad para más de 14.700 personas; finalmente, el ambiente fue el de una grada real, con nervios, cánticos y bufandas desde mucho antes del pitido inicial.
La noche se extendió por los bares, las calles y los comercios del barrio. La Avenida de la Albufera y la calle Payaso Fofó se llenaron de camisetas franjirrojas, conversaciones a media voz durante el partido y aplausos al final. Cada ataque del Rayo se vivía como una promesa; cada pérdida, como un golpe compartido.
El tanto del Crystal Palace, al inicio de la segunda parte, cambió el ánimo por unos minutos. El equipo inglés, más físico y con más recursos, supo cerrar el partido y levantar el primer título europeo de su historia. El Rayo lo intentó hasta el final, pero no encontró el gol que habría desatado una de esas escenas que el barrio llevaba toda la semana imaginando.
La diferencia entre ambos clubes también se notaba fuera del césped. El Crystal Palace llegaba con el músculo económico de la Premier y una plantilla construida en otra escala. El Rayo, en cambio, llevaba a Leipzig algo menos medible: un barrio entero detrás, una forma de entender el fútbol y una temporada que ya era histórica antes de jugarse la final.
Por eso la derrota no se vivió como un fracaso. Hubo lágrimas, claro, pero también una ovación larga para un equipo que llevó a Vallecas hasta una final europea por primera vez. Los propios jugadores reconocieron el dolor de quedarse tan cerca, aunque también el orgullo de haber llegado hasta allí con una afición que hizo un esfuerzo enorme para acompañarlos.
Vallecas tiene una manera muy suya de convertir el fútbol en identidad. En sus gradas y en sus calles caben la fiesta, la protesta, la memoria y el orgullo de pertenencia. La final de Leipzig no terminó con la imagen soñada, pero sí dejó otra igual de valiosa para el barrio: miles de personas aplaudiendo juntas a un equipo derrotado, como si entendieran que algunas noches no se miden solo por el marcador.