La primera partida, de 3,7 millones de euros, se destinará hasta 2027 al mantenimiento de los 170 kilómetros de galerías de servicios que recorren el subsuelo madrileño. Por esos túneles pasan redes esenciales de electricidad, agua potable, telecomunicaciones y fibra óptica, evitando muchas intervenciones en superficie.
Estas galerías permiten reparar o revisar instalaciones sin levantar calles cada vez que surge una incidencia. Para los vecinos, eso se traduce en menos obras abiertas, menos cortes y una ciudad que puede seguir funcionando aunque buena parte del trabajo técnico ocurra bajo tierra.
El sistema se controla desde el Centro de Control de Instalaciones Urbanas, situado en Azca. Desde allí se supervisa el estado de estas infraestructuras mediante sensores, cámaras y sistemas de vigilancia en tiempo real, pensados para detectar riesgos antes de que se conviertan en un problema mayor.
Desde 2022, Madrid ha ido reforzando la tecnología de estas galerías con cámaras en accesos, detectores de incendios y gases, nuevos sistemas de señalización, iluminación y salidas de emergencia. También se han mejorado los accesos para el personal técnico, una parte clave para intervenir con más rapidez y seguridad.
La red subterránea crecerá además con 20 kilómetros nuevos para dar servicio a futuros desarrollos urbanos. Ese dato muestra hasta qué punto el crecimiento de la ciudad no depende solo de nuevas viviendas, oficinas o calles, sino también de la infraestructura oculta que permite llevar luz, agua y comunicaciones a esos barrios.
La segunda gran inversión mira a la superficie. El Ayuntamiento destinará 39 millones de euros al mantenimiento del mobiliario urbano: bancos, barandillas, vallas, pérgolas y otros elementos que forman parte del paisaje cotidiano de Madrid, aunque muchas veces solo se noten cuando están rotos, sucios o mal colocados.
El contrato incorporará un inventario digital y georreferenciado para saber dónde está cada elemento y en qué estado se encuentra. La idea es pasar de una gestión basada solo en avisos o incidencias a un control más preventivo, con inspecciones periódicas y equipos preparados para actuar antes de que el deterioro afecte al uso de la calle.
También se mantendrá un teléfono de urgencias operativo las 24 horas para incidencias en el mobiliario urbano. En una ciudad tan transitada, una barandilla dañada, una valla suelta o un banco en mal estado pueden parecer detalles menores, pero condicionan la accesibilidad, la seguridad y la comodidad de miles de personas.
La inversión habla de una Madrid menos vistosa que las grandes obras, pero igual de importante. Una ciudad funciona también por lo que no se ve: túneles que evitan zanjas, sensores que anticipan fallos, bancos donde descansar y barandillas que hacen más fácil caminar. Cuidar esa infraestructura cotidiana es otra forma de medir la calidad urbana.