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El Tajo recupera su ritmo y Madrid respira tras semanas de lluvias continuas

La cuenca del Tajo deja atrás el episodio de lluvias que alteró la rutina de Madrid. Los avisos hidrológicos se reducen y el nivel de agua embalsada roza máximos históricos. La ciudad retoma su pulso habitual.

Foto por telemadrid

Madrid vuelve a mirar al cielo con menos preocupación. Tras casi tres semanas de lluvias persistentes, la Confederación Hidrográfica del Tajo ha comenzado a rebajar los avisos hidrológicos en la cuenca, dando por cerrado un episodio que ha condicionado la movilidad, los planes al aire libre y la agenda cultural de la ciudad.

El ciclo de borrascas arrancó el 25 de enero con Joseph y se prolongó hasta el 13 de febrero, cuando Oriana puso fin a una sucesión de frentes que, aunque no dejaron lluvias torrenciales, sí mantuvieron la humedad y la inestabilidad. Kristin, Leonardo, Marta y Nils aportaron precipitaciones constantes, suficientes para alterar el ritmo de barrios y desplazamientos diarios.

Durante este periodo, el Sistema Automático de Información Hidrológica del Tajo emitió más de 2.000 avisos en tiempo real, de los cuales 500 afectaron directamente a la Comunidad de Madrid. Las notificaciones han sido una referencia para quienes viven cerca del río, planifican rutas o dependen de la previsión para su actividad diaria.

El impacto se nota en los embalses: la cuenca ha pasado de almacenar un 62% de su capacidad a rozar el 83%, con 9.178,59 hectómetros cúbicos de agua. Es una cifra que se acerca al récord histórico del 86% registrado en marzo de 2025, y que garantiza reservas para los próximos meses.

La ciudad recupera poco a poco su pulso habitual. Los paseos por el Manzanares, las actividades al aire libre y la programación cultural vuelven a ganar protagonismo. Madrid ya empieza a moverse en esa dirección.

La Confederación Hidrográfica del Tajo, con sede en la capital, gestiona una de las cuencas más extensas de la península. Su labor va más allá de la vigilancia de caudales: coordina la información en tiempo real, anticipa riesgos y ajusta la gestión del agua para que la ciudad y su entorno puedan adaptarse a los cambios del clima. En episodios como el vivido, su capacidad de respuesta resulta clave para mantener la normalidad en la vida urbana.

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