Lejos de la tradicional carpa, el show se adapta a un espacio pensado para miles de espectadores. Sobre el escenario, una colonia de insectos cobra vida a través de acrobacias y coreografías, con un protagonista que transporta un huevo de 20 kilos y marca el hilo narrativo del espectáculo.
Detrás de la función hay una maquinaria compleja: cada semana, la compañía traslada una auténtica microciudad con 21 camiones. Viajan más de 800 piezas de vestuario, equipos técnicos, zonas de entrenamiento e incluso servicios propios como lavandería. Todo se monta y desmonta en pocos días para adaptarse a cada destino.
El vestuario, clave en la experiencia visual, está diseñado de forma artesanal para reflejar la personalidad de cada personaje. Los artistas, además, entrenan y revisan cada función en espacios habilitados dentro del recinto, manteniendo una rutina que se reconstruye en cada ciudad.
La llegada de un espectáculo de este nivel modifica el ritmo habitual del ocio en la ciudad. Durante unos días, el Movistar Arena deja de ser solo un espacio de conciertos para convertirse en un punto de encuentro donde el circo contemporáneo gana protagonismo.
Tras el paso de OVO, la actividad continuará en el recinto con nuevos eventos, pero el impacto de este montaje deja claro cómo los grandes espectáculos internacionales siguen ampliando la oferta cultural de Madrid.