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El cierre de salas golpea la escena musical más cercana de Madrid

Madrid sigue teniendo grandes conciertos, festivales y noches llenas de gente, pero algo se está perdiendo por el camino. En los últimos años, la ciudad ha visto desaparecer salas emblemáticas como El Junco, Caracol, Casa Patas, Marula, Rock Palace o BarCo, espacios que durante décadas sostuvieron una forma más cercana y menos masiva de vivir la música.

Foto por Christian Bertrand / Shutterstock / FOTODOM
Por · Madrid ·

El golpe no se nota solo en la agenda cultural. También cambia la manera en que muchos madrileños salen por la ciudad. Donde antes había conciertos de pequeño formato, descubrimientos inesperados y programación semanal, ahora quedan huecos difíciles de sustituir por macroeventos o festivales de temporada.

El verano agrava esa sensación. Desde mayo, Madrid se llena de conciertos gratuitos, grandes escenarios y citas multitudinarias que atraen a miles de personas. Esa oferta puede ser atractiva para el público, pero deja en una posición complicada a las salas privadas, que tienen que vender entradas noche tras noche para sobrevivir.

El problema no es solo la competencia. Los alquileres han subido, los proveedores cuestan más, los suministros pesan más en las cuentas y el consumo en barra ya no sostiene como antes a muchos locales. Parte del público joven entra, ve el concierto y gasta poco; parte del público adulto sale menos o concentra su presupuesto en uno o dos grandes eventos.

Desde el sector advierten de que programar música en directo se ha convertido en una apuesta de riesgo. Javier Olmedo, director general de Madrid en Vivo, ha resumido muchas veces esa fragilidad: mantener una sala abierta depende cada vez más de la pasión, de acuerdos externos y de una resistencia económica que no siempre aguanta.

La falta de una revisión de la normativa de aforos añade otro bloqueo. Muchos locales aseguran que no pueden adaptar su actividad a la realidad actual ni optimizar espacios para generar más ingresos. Sin margen, cualquier subida de costes o bajada de público puede empujar a una sala al cierre.

El caso de Gruta 77, en Carabanchel, resume esa preocupación. La sala forma parte de la memoria musical de varias generaciones y ha sido punto de encuentro para escenas que no siempre caben en los grandes circuitos. Su situación simboliza el miedo a que Madrid pierda no solo locales, sino una forma de escuchar música.

Cuando cierra una sala, no desaparece únicamente un escenario. Se pierde un lugar donde una banda prueba canciones, un barrio gana vida nocturna, un público descubre algo nuevo y la música sucede a pocos metros, sin pantallas gigantes ni entradas imposibles. Esa experiencia pequeña, imperfecta y cercana es la que ahora Madrid tiene que decidir si quiere conservar.

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