La Comunidad de Madrid registró 28 muertes atribuibles al calor entre el 22 y el 24 de junio, según las estimaciones del sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III. El dato confirma que los episodios extremos tienen impacto directo en la salud, especialmente cuando se encadenan varios días con máximas muy altas y noches sin alivio.
El verano anterior ya dejó una señal clara. En 2025, Madrid contabilizó 591 muertes por calor durante la temporada estival, un 84,1% más que el año previo. La mayoría se concentró en agosto, el mes en el que el calor acumulado, las noches tropicales y la vulnerabilidad de muchas personas se combinan con más fuerza.
El riesgo no afecta a todos por igual. Las personas mayores, quienes viven solas, pacientes con enfermedades cardiovasculares o respiratorias, niños pequeños, embarazadas y trabajadores al aire libre son los grupos más expuestos. Para ellos, una ola de calor no es una incomodidad: puede convertirse en una emergencia sanitaria.
La vida diaria también cambia. Las calles pierden actividad en las horas centrales, las terrazas buscan sombra, los parques se vacían al mediodía y muchos desplazamientos se retrasan hasta la tarde. En barrios con poco arbolado, mucho asfalto y viviendas mal aisladas, la sensación térmica puede ser mucho más dura que la cifra oficial.
El calor nocturno añade otro problema. Dormir mal durante varios días afecta a la concentración, al ánimo, al rendimiento laboral y a la seguridad en los desplazamientos. Quien no descansa bien conduce peor, trabaja con más fatiga y llega al día siguiente con menos capacidad para soportar otra jornada extrema.
Las administraciones insisten en medidas básicas: beber agua aunque no se tenga sed, evitar esfuerzos entre las horas de más calor, buscar espacios frescos, bajar persianas durante el día y prestar atención a familiares o vecinos vulnerables. Los refugios climáticos, bibliotecas, centros públicos y zonas con sombra ganan importancia en cada episodio.
Madrid entra en una etapa en la que el calor organiza parte de la vida urbana. Ya no se trata solo de aguantar el verano, sino de adaptar horarios, viviendas, transporte, trabajo y espacio público a una realidad más peligrosa. Cada ola de calor recuerda que protegerse no es una recomendación menor: puede marcar la diferencia entre pasar una mala tarde y sufrir una consecuencia grave.