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Retiro se moviliza para frenar el desahucio de Maricarmen, de 87 años

Maricarmen tiene 87 años y lleva 71 viviendo en el mismo piso de Retiro. Esta semana, su nombre ha salido de la escalera de vecinos para convertirse en símbolo de una pelea mucho más grande: la de quienes temen perder su casa en una ciudad donde el alquiler ya expulsa incluso a personas que llevan toda la vida en el barrio.

María del Carmen Abascal en el pasacalles que ha organizado el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid para protestar contra su desahucio

Por · Madrid ·

Cientos de vecinos se concentraron este martes en la calle Alcalde Sainz de Baranda para apoyarla y reclamar una solución. Hubo pancartas, música, familias, niños del barrio y una imagen difícil de borrar: una mujer mayor rodeada de gente que no quería dejarla sola ante la amenaza de desahucio.

El lanzamiento se ha aplazado tres semanas, hasta el 24 de junio, pero la incertidumbre sigue ahí. El Sindicato de Inquilinas de Madrid considera que la prórroga no resuelve nada y teme que solo busque desactivar la movilización vecinal. Para Maricarmen, cada día ganado cuenta, pero no despeja la pregunta de fondo: dónde vivir si finalmente la obligan a marcharse.

El conflicto viene de lejos. El edificio fue vendido en 2018 y la vivienda acabó en manos de una sociedad que inició acciones judiciales para extinguir el contrato. En 2025, Maricarmen recibió una subida de alquiler de 2.650 euros, una cantidad imposible para ella y que convirtió su casa de siempre en una amenaza económica.

La batalla llegó hasta el Supremo, que terminó dando la razón a la propiedad. El fallo limita la subrogación de contratos antiguos en casos como el suyo, salvo que exista una discapacidad superior al 65%. Maricarmen tiene reconocido un 50%, por lo que queda fuera de esa protección.

Durante la concentración, la vecina pidió a las administraciones que intervengan. No habló como activista profesional, sino como alguien que no entiende cómo puede quedarse sin casa después de más de siete décadas pagando y viviendo en el mismo lugar. Esa sencillez explica por qué el caso ha conectado tan rápido con el barrio.

La protesta también recibió apoyos de artistas como Rozalén e Ismael Serrano, pero la fuerza principal estaba en la calle: vecinos, familias y colectivos que ven en Maricarmen algo más que un caso individual. Ven una advertencia sobre lo que puede ocurrir cuando los edificios cambian de manos y la vivienda se convierte en una operación financiera.

Retiro no es ajeno a esa tensión. Sus calles han ganado valor, sus alquileres han subido y muchos pisos que antes formaban parte de una vida de barrio ahora se miran como activos. El caso de Maricarmen pone rostro a ese cambio: una mujer mayor, una casa de toda la vida y una ciudad que tendrá que decidir si todavía sabe proteger a quienes la sostuvieron antes de que fuera tan cara.

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