El nuevo vestíbulo alcanza los 18.000 metros cuadrados, cuatro veces más que antes. La gran bóveda de vidrio deja pasar luz natural y protege de la lluvia, mientras los pasillos más anchos buscan evitar aglomeraciones en una estación que cada día funciona como puerta de entrada y salida para miles de personas.
La distribución también cambia. El espacio se organiza en tres áreas: una zona para alta velocidad, otra para Cercanías y un área común con espera, restauración, locales comerciales, aseos renovados, cargadores para móviles, máquinas autoventa y oficinas de información y venta de billetes.
Una de las novedades más visibles está en Cercanías. Por primera vez, el acceso incorpora tornos de control, una medida pensada para ordenar mejor la entrada a los andenes y reforzar la seguridad. También se han instalado nuevas pantallas LED y paneles de información con datos más claros sobre llegadas, salidas y cambios de vía.
La reforma no se limita al vestíbulo. Chamartín duplica su capacidad para trenes de alta velocidad, pasando de seis a doce vías operativas. Bajo las vías, un nuevo paso inferior conecta con taxis, Metro, VTC, alquiler de coches y el aparcamiento P2, lo que debería facilitar mucho las conexiones para quienes llegan con prisa o cargados de equipaje.
La inversión ronda los 560 millones de euros, con apoyo de fondos europeos. La cifra da una idea de la escala de una obra que no solo busca embellecer la estación, sino prepararla para absorber más viajeros y convertirse en un nodo ferroviario más potente para Madrid y el resto del país.
Chamartín-Clara Campoamor llevaba años funcionando entre vallas, recorridos provisionales y sensación de obra permanente. La reapertura del vestíbulo no elimina todos los trabajos pendientes, pero sí devuelve a los viajeros una estación más legible y menos incómoda. Para muchos madrileños, el cambio se notará en algo muy simple: entrar, orientarse y enlazar con otro transporte sin sentir que cada trayecto es una pequeña carrera de obstáculos.