En «Gresca» no solo se viene a comer. Se viene a vivir un momento. Llegas y lo primero que sientes es ese olor a brasa, limpio, misterioso. Miras a tu alrededor y ves la cocina viva: chefs concentrados, cazuelas burbujeando, botellas alineadas. No son aparentes. Son reales. Este sitio es pura energía, en formato bistronómico, sí, pero sin artificios. Se sirven platos de autor basados en productos de temporada para garantizar frescura de los ingredientes y resalta la clara influencia catalana.
«Gresca» es un restaurante que viaja entre la simpleza y el atrevimiento. Que entra por los sentidos y se queda por algo más: porque al salir, sientes que has compartido, que has vivido y que has conocido a alguien detrás de cada plato.
¿La mejor forma de disfrutarlo? Reserva, siéntate en la barra y abre los ojos (y el apetito). Sé parte de ese momento en el que lo auténtico se encuentra con lo delicioso.