A finales del siglo XIX, este espacio adoptó una apariencia elegante, con edificios modernistas y comercios que evocaban la estética señorial del paseo de Gràcia. Sin embargo, esa fachada escondía otra realidad: la de un barrio profundamente obrero y popular que se extendía justo detrás. Esa dualidad, entre escaparate burgués y vida cotidiana más humilde, ha marcado el carácter del lugar.
Antes de su configuración actual, el Pla de Salmerón ya era un enclave transitado. Por aquí pasaban antiguos caminos que conectaban Els Josepets con la riera de Sant Miquel, rutas que facilitaban el acceso a Barcelona. Con el tiempo, estos trayectos se modernizaron: primero con tartanas tiradas por caballos, después con ómnibus, tranvías —primero de tracción animal y más tarde eléctricos— y, finalmente, autobuses.
Hoy, la plaza mantiene ese espíritu de tránsito y encuentro, un espacio donde se cruzan historias, ritmos y memorias de la ciudad.