Construida entre los siglos XVII y XVIII sobre un antiguo convento agustino, la iglesia mezcla sobriedad y grandiosidad barroca. La fachada, inacabada y austera, no anticipa del todo la amplitud del interior, donde la luz entra de forma contenida y el espacio adquiere una calma inesperada en pleno centro urbano.
A lo largo de su historia, San Agustín ha sobrevivido a guerras, incendios y reformas que modificaron parte del conjunto original. El convento desapareció, pero el templo siguió formando parte de la vida del barrio, adaptándose a distintas épocas sin perder del todo su carácter.
Más allá de su valor arquitectónico, la iglesia mantiene una relación directa con el entorno que la rodea. No funciona como un monumento aislado, sino como una pieza integrada en la memoria del Raval: un lugar atravesado por capas de historia, silencios y vida cotidiana.