El último dato supone, eso sí, una ligera mejora frente a 2024, cuando el porcentaje alcanzaba el 30,4 %. Por tanto, no puede hablarse de un empeoramiento en el último año, pero sí de una dificultad todavía extendida: prácticamente tres de cada diez personas siguen sin disponer de recursos suficientes para alejarse de su vivienda durante siete días.
El contraste con el turismo es notable. Catalunya recibió 20.055.314 visitantes internacionales en 2025, el máximo de la serie histórica, y estos gastaron cerca de 24.807 millones de euros. Llegaron ligeramente más turistas que un año antes, permanecieron menos tiempo de media y elevaron su gasto diario hasta los 221 euros.
Al mismo tiempo, los residentes en España están viajando menos. En 2025 realizaron 175,7 millones de viajes, un 4,7 % menos que el año anterior, y los desplazamientos dentro del país retrocedieron un 6,1 %. El gasto, en cambio, aumentó un 2,6 % hasta superar los 63.853 millones de euros: menos viajes, pero más caros.
Ese encarecimiento cambia también la forma de veranear. Para muchas familias, una semana fuera implica sumar alojamiento, transporte, restauración y ocio en un momento en el que la vivienda y otros gastos cotidianos absorben buena parte del presupuesto. La alternativa acaba siendo reducir los días, buscar alojamiento gratuito en casas de familiares o, simplemente, quedarse en la ciudad.
La diferencia resulta especialmente llamativa en Barcelona. Hoteles, apartamentos, terrazas y espacios turísticos mantienen una actividad intensa mientras una parte de quienes viven aquí durante todo el año pasa agosto en sus barrios. El fenómeno no significa que el turismo sea la causa directa de que esas familias no puedan viajar, pero coloca dos realidades económicas muy distintas en las mismas calles.
Los datos también obligan a matizar la idea de que las vacaciones son únicamente una cuestión de preferencias. No poder permitirse una semana fuera de casa forma parte de los indicadores de privación material utilizados por las estadísticas oficiales y afecta de manera muy desigual según la situación laboral: entre los parados catalanes el porcentaje alcanzó el 54,2 % en 2025, frente al 23,7 % entre las personas ocupadas.
Así, el verano barcelonés no termina en las colas de la Sagrada Família, las playas llenas o las cifras récord de visitantes. También transcurre en pisos donde no hay maletas preparadas ni viaje previsto. En una ciudad capaz de vender descanso a millones de personas cada año, que casi tres de cada diez catalanes no puedan comprar una sola semana lejos de casa deja otra fotografía, mucho menos visible, de la temporada turística.