Una concursante rompe récords en la televisión española. El premio supera los dos millones de euros. La fiscalidad española reduce drásticamente la cantidad final. La emoción y la sorpresa marcan el desenlace. Un giro inesperado en la vida de la ganadora.
La noticia ha sacudido a quienes siguen los concursos televisivos desde Barcelona: una profesora argentina de español para extranjeros ha logrado lo impensable en Pasapalabra, llevándose el mayor premio jamás entregado en el programa. La cifra, 2,7 millones de euros, ha dejado boquiabiertos a espectadores y rivales, especialmente tras una final de infarto resuelta a solo cuatro segundos del final.
La protagonista, Rósa Rodríguez, ha superado a su contrincante tras 307 programas de enfrentamientos, un duelo que ha mantenido en vilo a la audiencia durante meses. Su reacción, entre lágrimas y con la voz temblorosa, ha sido preguntar a su madre si tenía pizza en el congelador, mientras asimilaba la magnitud del premio que acababa de conseguir.
Sin embargo, la alegría inicial se ve matizada por la realidad fiscal española. La productora del programa retendrá de inmediato un 19 % del premio para Hacienda, y la ganadora deberá afrontar después una declaración de la renta que le obligará a entregar casi la mitad del importe total a las autoridades tributarias nacionales y autonómicas. Así, de los 2.716.000 €, la cantidad neta que finalmente recibirá será considerablemente menor.
Este desenlace no solo marca un hito en la historia de la televisión, sino que también pone sobre la mesa el debate sobre la fiscalidad de los premios en España, un tema que afecta a cualquier ciudadano que sueñe con cambiar su vida de la noche a la mañana.
Pasapalabra se ha consolidado como uno de los concursos más seguidos y longevos de la televisión española. Su formato, basado en el conocimiento y la agilidad mental, ha convertido a muchos de sus participantes en auténticos referentes populares. El programa no solo premia la cultura general, sino que también genera intensos vínculos emocionales entre concursantes y espectadores, que siguen cada entrega como si fuera una final de campeonato. La expectación que despierta cada bote millonario demuestra el impacto social que sigue teniendo la televisión en directo en la vida cotidiana de miles de personas.