La inauguración del festival reunió a representantes institucionales, artistas, gestores culturales y caras conocidas de la ciudad. El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, y el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, encabezaron la presencia política en una velada donde el protocolo convivió con una temperatura que obligaba a buscar aire como fuera.
Nadie parecía dispuesto a romper del todo la etiqueta, pero el calor fue imponiendo sus propias normas. Las americanas siguieron en su sitio, aunque los abanicos circularon de mano en mano y se convirtieron en el accesorio más útil de la noche. En una grada al aire libre, el verano no perdona ni siquiera a los actos más señalados.
Collboni fue uno de los que más partido sacó al abanico, mientras Illa se dejó ver relajado y sonriente durante algunos momentos de la función. La solemnidad de la inauguración se fue aflojando con el paso de la noche, hasta convertirse en una de esas citas donde la conversación de patio pesa casi tanto como lo que ocurre sobre el escenario.
El Grec llegó este año a su medio siglo de vida con una carga simbólica especial. La edición de 2026 no es una más: celebra los 50 años de un festival que nació en 1976 como una explosión de libertad escénica, autogestión cultural y deseo de abrir Barcelona a nuevas formas de teatro, danza y música.
La apertura estuvo vinculada a ‘L’òpera de tres rals’, la versión catalana de la obra de Bertolt Brecht y Kurt Weill dirigida por Marta Pazos. El montaje sirve además como puente con otro aniversario: los 50 años del Teatre Lliure, una institución clave para entender la escena contemporánea catalana.
La noche dejó también su propia galería de invitados. Entre los asistentes se pudo ver a figuras de la cultura, la interpretación, la comunicación y la gestión cultural barcelonesa, en una mezcla que recordó el papel del Grec como gran punto de reencuentro antes de que la ciudad se disperse del todo por el verano.
Judit Mascó fue una de las presencias más comentadas, con ese equilibrio entre elegancia y naturalidad que encaja bien con una noche de festival al aire libre. También hubo nombres habituales del mundo escénico y audiovisual, desde actores y directores hasta responsables de teatros, programadores y representantes del sector.
El ambiente tenía algo de estreno y algo de verbena cultural. En el Grec, la alfombra roja siempre es menos rígida que en otros eventos: se viene a ver teatro, pero también a saludar, comentar la temporada, medir el pulso del sector y dejarse ver en una cita que funciona como termómetro de la cultura local.
El calor, lejos de quedar como simple anécdota, terminó definiendo el tono de la noche. Barcelona vive un verano cada vez más duro, y cualquier gran acto al aire libre se convierte también en una pequeña prueba de resistencia. Los abanicos, las botellas de agua y la búsqueda de sombra dejaron claro que la cultura tampoco escapa al clima.
El Festival Grec se prolongará hasta finales de julio con una programación amplia de teatro, danza, música, circo y propuestas híbridas. En esta edición de aniversario, el festival quiere mirar hacia atrás sin quedarse en la nostalgia, recuperando parte del espíritu colectivo de sus orígenes.
La celebración llega en un momento en que Barcelona necesita espacios culturales capaces de mezclar memoria, riesgo y público. El Grec sigue siendo una de las pocas citas que conectan grandes nombres internacionales, escena local, espacios emblemáticos y una ciudad que en verano se transforma por completo.
La inauguración dejó una imagen clara: medio siglo después, el Grec sigue siendo algo más que una programación de espectáculos. Es una reunión anual de la Barcelona cultural, con sus gestos, sus debates, sus vanidades, sus complicidades y, este año más que nunca, sus abanicos abiertos contra el calor.