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The Strokes convierten el Sant Jordi en una descarga de calambres eléctricos

Las guitarras afiladas y el bajo elástico sostuvieron una noche de ritmo nervioso en el Sant Jordi. The Strokes repasaron canciones de sus primeros discos y del último trabajo en su única fecha española de la gira mundial.

Foto por Legion-Media
Por · Barcelona ·
The Strokes convierten el Sant Jordi en una descarga de calambres eléctricos

El público siguió en pie durante noventa minutos en el único concierto español de la gira

Los riffs cortantes y el bajo saltarín marcaron el pulso desde los primeros compases. Las gradas del Sant Jordi permanecieron en pie de principio a fin, mientras el público se reencontraba con una banda que, más de veinte años después de irrumpir, todavía sabe provocar calambres eléctricos.

Fueron noventa minutos de rock veloz y una sala llena desde que las entradas salieron a la venta.

Un grupo veterano que aún suena urgente

En el recinto había quienes tenían veinte años cuando The Strokes irrumpieron y muchos que entonces rondaban los quince. Los menos eran de la edad de Julian Casablancas, que se acerca a los cincuenta, como sus compañeros. La banda llevaba seis años sin disco y esta era la única fecha española de su gira mundial.

Nick Valensi no participa en la gira. En la guitarra lo sustituyó Steve Schiltz, eficaz y cercano al grupo. El escenario, oscuro y bañado en rojos y lilas, apenas dejaba distinguir los rostros. Casablancas mantuvo las gafas de sol y una gabardina negra larga; las patillas blancas asomaban bajo ellas. Su voz sonó desganada, a ratos apática y difuminada por el autotune.

Nikolai Fraiture sí se dejó ver con una sudadera naranja. Apoyó el bajo en el soporte de luces y conversó con el público, mientras Casablancas deambulaba por el escenario y masticaba comentarios. Los demás exprimían sus instrumentos.

Un repertorio que cambia de sitio

El montaje sobrio no ata efectos a canciones y permite mover los temas de lugar cada noche. El grupo suele repetir el inicio en dos conciertos seguidos; en Barcelona abrió con Tyrants Of The Mellow Moon. El incendio tomó fuerza con Reptilia, y las guitarras se persiguieron durante el resto del concierto como el Coyote y Correcaminos o el Team Rocket y Pikachu.

Hard To Explain enterró la voz bajo las guitarras. Dine N’Dash, segundo tema del nuevo disco, llevó la noche hacia el post-punk, y en Soma Casablancas bajó el registro. Lonely In The Future jugó con el autotune hasta que se oyó un «Hola, muchas grasias», ya sin ese efecto. La pista respondió a The Adults Are Talking; el bajo avanzaba con aire de persecución de James Bond.

Heart In A Cage sostuvo el entusiasmo con un punteo insistente. El garaje rock corría a toda velocidad: seis canciones llegaron del primer disco y cinco del último. Entre estas sonó Going Shopping, una crítica al consumo con sonido de compra fácil, como el chicle junto a la caja del súper.

El Sant Jordi pidió más

Más tarde, el bajista pidió ruido con gestos de hiphopero y Someday lo puso. Last Nite añadió su alma negra a lo Tamla. Los móviles encendidos reclamaron los bises y New York City Cops abrió esa tanda. El Sant Jordi estaba «enrampada» y Casablancas se desgañitó.

Threat Of A Joy hizo brillar la melodía entre guitarras cortantes. Ode To The Mets dejó un tarareo melancólico antes de que el grupo volviera a camerinos. Para el cierre regresó con Selfless; algunas parejas se miraron sonriendo durante la balada. El concierto terminó tras noventa minutos, veinticinco años después de aquella revolución.

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Miriam Lado
Miriam Lado
Editora cultural, periodista
Publicado ID50287