La emblemática avenida, en plena reurbanización, no podrá acoger este año la actividad habitual. En su lugar, el Gòtic se convertirá en el nuevo epicentro de la diada, a pocos metros pero con una configuración urbana muy distinta, marcada por calles más estrechas y plazas históricas.
El traslado obligará a libreros, floristas y visitantes a adaptar sus recorridos. La experiencia será diferente: menos lineal, más dispersa y con nuevos puntos de encuentro repartidos por el casco antiguo.
El cambio supone un reto organizativo y también simbólico. Durante décadas, La Rambla ha sido el escenario central de Sant Jordi, asociada al bullicio, las firmas de libros y el paseo continuo entre paradas. Este año, la ciudad reinterpreta esa tradición en otro entorno.
Mover la fiesta a otro barrio no solo modifica el recorrido, también cambia cómo se vive el día: dónde se concentra la gente, cómo se descubren las paradas y qué espacios ganan protagonismo. El Gòtic, con su carácter histórico, ofrece una versión más íntima y fragmentada de la celebración. De cara a la jornada, se espera una gran afluencia y nuevas dinámicas de movilidad en el centro. Sant Jordi mantiene su esencia, pero este año se escribe en otro escenario que quedará marcado como una de las ediciones más singulares de la ciudad.